Fortuna Imperatrix

Fenómenos extraños

La sociedad en que vivimos suele mostrarse reacia, por regla general, a aceptar la existencia de fuerzas energéticas desconocidas que desafíen las leyes de la física. Y ello incluso cuando informes científicos las avalan. Pero las críticas y los prejuicios prevalecen sobre la admisión de poderes extrasensoriales en los pocos elegidos que realizan, sin saber tampoco ellos cómo, experimentos increíbles para el común de los mortales. Fue el caso de Uri Geller en los años setenta del siglo XX, quien doblaba objetos inanimados, como cucharas, o desplazaba ceniceros y vasos que aparecían en otras habitaciones, o que se materializaban y desmaterializaban sin más. Practicaba con éxito, además, la telepatía y hasta la teletransportación, y ponía en marcha relojes averiados. A pesar de estas evidencias, corroboradas por los expertos y certificadas por análisis hechos en laboratorios de las mejores instituciones, Uri Geller acabó en los platós televisivos, con el resultado contraproducente de que sus superpoderes fueron a parar al saco de los trucos del mago de salón. Se convirtió de esta manera en el showman de un espectáculo que lo mostraba como una curiosidad circense, siendo frecuente bromear con las cucharillas de café torcidas antes de pasar a otra cosa, mariposa.

Lejos del glamour de Uri Geller se encontraba la aldea de Rubillós, a 15 kilómetros de Ourense, cuando en una de sus casas ocurrieron en 1983 unos fenómenos paranormales que alarmaron a los lugareños. Sin teléfono ni agua corriente en aquel entonces y las calles embarradas, el ambiente era propicio para la superstición, aunque los vecinos afirmaban que allí nunca pasaba nada raro. Pero todos comprobaron, aquella vez, cómo en esa vivienda las camas se deshacían solas inmediatamente después de haberlas hecho; que las ropas de los armarios aparecían tiradas por el suelo; o que se volatilizaban pertenencias que reaparecían luego en otros sitios, como una maleta ya lista para el viaje de un familiar a Barcelona que encontraron en el interior de un hórreo. También se derramó, en el espacio habilitado como bodega, el vino de una de sus cubas, una broma de escaso gusto a juicio de sus propietarios. Así que habiendo llegado a la conclusión de hallarse ante un comportamiento en absoluto católico, los vecinos pidieron a un cura que bendijera el lugar, pero no funcionó. Encima con el recochineo de que nada más marcharse el clérigo, cansado de esperar a que aconteciera algo, las ropas de la cama volvieron a volar por los aires.

En España suceden también, de un tiempo a esta parte, fenómenos inexplicables en los trenes, pues en el vagón restaurante trepidan las cafeteras y en los de pasajeros se mueven, con violencia inusitada, los asientos y las mesitas.

Quizá fuera conveniente, visto el percal, avisar al ilusionista Luis Boyano, que asombra a la capital del Reino con su Cabina de los espíritus, por si pudiera echar un cable, o una catenaria entera, en el esclarecimiento de tan sobrenatural asunto.