Feminismo trans de burka
En los últimos años ha emergido una paradoja difícil de ignorar. Mientras una parte del feminismo institucional afirma defender los derechos de las mujeres, adopta posiciones que, en la práctica, terminan diluyendo la propia categoría jurídica y social que dice proteger. A esta incoherencia podría llamársele “feminismo trans de burka”.
No se trata del feminismo histórico que luchó por la igualdad ante la ley, por el acceso de las mujeres a la educación, al trabajo y a la vida pública. Ese feminismo fue necesario y justo y que nos representa a la gran mayoría de las mujeres. El problema surge cuando el feminismo se convierte en un discurso ideológico que abandona principios básicos de realidad y coherencia.
El feminismo institucional y de izquierdas guarda silencio ante la opresión real que sufren millones de mujeres bajo regímenes islamistas. Calla ante el velo obligatorio en países como Irán, donde las mujeres pueden ser perseguidas, detenidas o encarceladas por mostrar su cabello. Calla ante el burka o el niqab, símbolos de sometimiento que borran a la mujer del espacio público. Calla ante los matrimonios forzados, la mutilación genital femenina o la segregación de mujeres y niñas. Y lo más grave: ignora esa opresión, en países democráticos como España, donde los políticos y representantes públicos llegan incluso a justificar o presentar el burka como una expresión de libertad desde el Gobierno del PSOE y sectores de la izquierda radical española.
Frente a ese silencio, muchas mujeres libres no callamos. Sabemos lo que significan la libertad, la igualdad ante la ley y la dignidad personal, y precisamente por eso denunciamos cualquier forma de sometimiento femenino, venga de donde venga.
Por otro lado, ese mismo feminismo promueve legislaciones y discursos que niegan la base biológica de aquello que dicen defender. Se ha llegado a sostener que ser mujer es simplemente un sentimiento y que cualquiera puede convertirse jurídicamente en mujer mediante una declaración administrativa ante un registro. Pero la realidad es mucho más simple: un hombre nunca será una mujer. Negar esta evidencia no amplía derechos; los debilita. Porque los derechos de las mujeres nacieron precisamente para proteger una realidad biológica y social concreta: el sexo femenino.
Cuando se elimina esa referencia y se sustituye por una categoría subjetiva basada en la identidad percibida, se vacía de contenido jurídico la protección que durante décadas se construyó para garantizar la igualdad y la seguridad de las mujeres.
La paradoja es evidente. Mientras se toleran o se silencian formas reales de opresión femenina en nombre del relativismo religioso islamista, se exige a nuestras sociedades que aceptemos ficciones jurídicas que diluyen la propia existencia de las mujeres como categoría protegida.
Ese doble discurso no es feminismo, es ideología y destrucción de los derechos de las mujeres.
Defender los derechos de las mujeres exige algo mucho más simple y mucho más difícil: coherencia. Coherencia para denunciar cualquier forma de opresión femenina, venga de donde venga. Coherencia para afirmar que la igualdad entre hombres y mujeres se basa en una realidad biológica y jurídica que no puede ser borrada por modas ideológicas.
Las mujeres no necesitamos un feminismo que oculte la opresión bajo un burka cultural ni uno que borre nuestra identidad bajo un burka ideológico.
Necesitamos libertad, igualdad ante la ley y valentía para defender la verdad. Y en esa defensa estamos muchas mujeres, en ella estaré siempre.