¡Fascistas!
El término fascista está absolutamente devaluado debido al inusual, abusivo e inapropiado uso del mismo por parte de la extrema izquierda española y otros iletrados que no vienen al caso. Fascista es un término acuñado el siglo pasado y que es, en sentido estricto, una persona que apoya o sigue el fascismo, una ideología política surgida en Europa a principios del siglo XX. Pero ahora, según Ione Belarra, Pablo Iglesias Irene Montero, la Santísima Trinidad de Podemos, está en auge en Europa y medio continente (casi) es “fascista”.
Si estás en contra del aborto, es obvio que eres un fascista; si no comulgas con las políticas migratorias fallidas de la izquierda, claro, eres un maldito fascista; si no sigues las políticas woke al uso imperante en el universo progresista, eres un fascista; si muestras simpatías por el presidente Trump, es ya incurable tu estado de patología fascista; también si defiendes al Estado de Israel, eres un rematado fascista, a pesar de que millones de judíos fueron exterminados en las cámaras de gas, paradójicamente, ¡por fascistas!; y, en fin, si no vas a las marchas del orgullo gay, eres un fascista en un estado de verdadera peligrosidad.
Fascistas, en palabras de los dirigentes de Podemos, muchos líderes socialistas y los analistas de salón que se pasean a diario por nuestros medios oficialistas, somos millones en el mundo que, señalados por el dedo acusador de los portadores de la verdad suprema y universal, estamos perdidos en este mundo sin sus enseñanzas cotidianas y verdades indiscutibles. Basta con que te señalen con su dedo acusador, te marquen con el sambenito de ser fascista, estás acabado, deslegitimado y tus hechos y palabras ya no valdrán para nada.
Aquí, en este país, donde precisamente sí hubo movimientos fascistas -la Falange-, y en que en nuestra Guerra Civil la violencia política estuvo al orden del día, mejor les valdría no estar resucitando los fantasmas del pasado y azuzar unos miedos que les pueden acabar salpicando a ellos mismos como un bumerán. La responsabilidad de muchos de los abominables hechos criminales que se produjeron durante nuestra contienda incivil precisamente no recae en los fascistas que ellos denuncian, sino en milicianos armados pertenecientes a las organizaciones de izquierda y anarquistas.
Conviene recordar que entre los mismos se incluyen la quema de iglesias; el saqueo y destrucción de imágenes religiosas, reliquias y objetos de culto, -incluidos restos de monjas y sacerdotes profanados por las milicias republicanas-; el asesinato de unos diez mil sacerdotes, monjas, novicios y creyentes inocentes y la persecución de todo aquello relacionado con la Iglesia católica. No se trata de abrir las heridas del pasado, sino de situar en su justo término lo que ha significado la violencia política en nuestro país.
Por mucho que unos iletrados repitan hasta la saciedad que Franco fue un fascista, ese es un debate ya cerrado por los historiadores, que son lo que realmente entienden de estos asuntos, y casi todos los estudiosos del régimen no consideran que el dictador fuera fascista en sentido estricto, sino que era autoritario, dictatorial, anticomunista, nacionalista y reaccionario.
Además, a base de repetir esa manida acusación han conseguido que la misma haya perdido su fuerza e intensidad acusadora, desposeyendo de todo valor inquisitorial en los fotos y debates políticos al término “fascista”. La diputada popular Cayetana Alvarez de Toledo, azote de la izquierda en el parlamento, ha llegado a asegurar que "Si hoy en España no te llaman facha, no eres nadie”, llegando a sostener que los verdaderos intolerantes son quienes se autodenominan “antifascistas”. Ya no pasa nada porque te llamen facha o fascista, la palabra ha perdido todo su valor ofensivo.