La fábula del cacique, las hienas y el reemplazo
Dicen los naturalistas que pocas criaturas hay tan sensibles y dadas a la convivencia pacífica como el ciervo ibérico. Es un animal de mirada dulce y alma melancólica, todo un personaje de Disney. Pastan en los prados y viven en bucólica república de hierbas frescas y comida abundante, disfrutando de una libertad que ya quisieran muchos humanos de carne y voto.
Pero como en todos los cuentos siempre aparece un cacique. Personaje malvado y tan propio de nuestra tradición peninsular. Es el déspota que decide que la paz es un lujo intolerable y llevado por una inspiración que nace del capricho o del negocio, decreta —o Real Decreta— que en el reino de los ciervos falta una nueva especie que sea enriquecedora, como por ejemplo las hienas moteadas. Pero no una, no dos, sino cientos, digamos por ejemplo medio millón. Un ejército entero de risas siniestras y mandíbulas que devoran todo.
Pero el prócer, no contento con introducir las hienas moteadas para animar el paisaje, transforma el paraíso en un desbarajuste monumental. Los campos convertidos en espejismos, las clínicas con heridas inciertas, la medicación escasea, la comida debe racionarse y la libertad, aquella vieja amiga de los montes, se ha convertido en un recuerdo más remoto que las glorias de Numancia. Los ciervos que hasta ese instante corrían por galantería y que vivían en grupos, hoy huyen. Las hembras viven escondidas bajo una especie de velo, temerosas de los abusos de las hienas. De repente todos han perdido incluso la protección de sus matorrales, las cuevas en donde descansaban y su alimento. Ahora es de otros «porque no debemos mirar a Marte».
Y mientras el caos se extiende como la plaga, alguien siempre prospera. Es la perpetua coincidencia del despensero del pienso para las hienas y del colaborador de manuales de convivencia interdepredadora. La fortuna, de nuevo, parece sonreír a los mismos. Pero esto no es un fenómeno nuevo en la historia, porque ya los romanos entraron en Hispania sin pedir permiso, sustituyendo costumbres, leyes y hasta dioses, y los germánicos cruzaron fronteras mudándolo todo en una cultura completamente distinta.
Los ciervos ahora sueñan con recuperar su paz. Con suerte, quizá algún día las hienas encuentren otro territorio donde seguir vegetando en ese régimen del todo incluido. Es posible que el cacique descubra un día que gobernar no es ser un demiurgo de criaturas que sólo quieren vivir en paz, porque conviene recordar que toda superpoblación artificial, toda introducción desproporcionada, toda alteración, nunca tendrá buen final. El equilibrio natural, aunque suele esconder un interés muy humano, tiene sus razones, pero si es por usura tendrá sus penas. Sin embargo, si alguien proclama que es por el bien común, lo más prudente es revisar quién firmó ese contrato.
Es probable que algún día los ciervos ibéricos del cuento tengan que vivir en una reserva, cerrada y cercada, restringida, y tal vez como los indios americanos, sin luz y apenas agua. Es posible que algún capítulo relate que vivieron angustiados porque las hienas deshicieron el esfuerzo de siglos, el equilibrio de la naturaleza y la armonía de las leyes. Sin embargo, también es factible que ese apólogo termine contando que un buen día las feroces hienas marcharon y retornaron a sus orígenes, allá donde mejor están, con quienes se entienden, viviendo con sus iguales y guardando sus costumbres más ancestrales. Y colorín colorado…