La fabricación digital también es inevitable
Estoy leyendo un libro titulado Lo inevitable. En él su autor, Kevin Kelly, no habla de predicciones futuristas ni de tecnología como espectáculo. Habla de fuerzas. De movimientos tecnológicos que, una vez activados, ya no se pueden detener. No porque sean buenas o malas, sino porque responden a una lógica mayor: la de la evolución tecnológica y cultural de nuestra especie.
Kelly enumera tendencias como el acceso a la tecnología por los ciudadanos, la colaboración entre ellos para crear nueva tecnología, el conocimiento abierto o la descentralización de la información. Leyéndolo, es difícil no pensar que la fabricación digital encaja en todas ellas. No como una moda pasajera, sino como una de esas fuerzas que ya están configurando el mundo que viene.
Durante siglos, fabricar fue sinónimo de centralizar: grandes fábricas, grandes inversiones, grandes volúmenes. Hoy, sin embargo, la fabricación se está desacoplando del tamaño. Una impresora 3D, una cortadora láser o una fresadora CNC permiten producir objetos complejos desde un taller pequeño, un Fab Lab o incluso una vivienda. El diseño viaja como dato a través de la tecnología de internet, pero el objeto se fabrica donde se necesita. Esa lógica —datos que se mueven, átomos que se quedan— es profundamente inevitable.
También lo es la democratización del saber hacer. Antes, el conocimiento industrial se guardaba como un secreto. Hoy se documenta, se comparte y se mejora en red. Diseños abiertos, tutoriales, comunidades globales que colaboran. No porque sean altruistas, sino porque funcionan mejor. Kelly lo explica con claridad: los sistemas abiertos tienden a evolucionar más rápido que los cerrados.
La fabricación digital es, además, cognitiva. Aprende. Itera. Se ajusta. No solo porque incorpore software o inteligencia artificial, sino porque el proceso mismo se basa en el feedback constante: prototipas, pruebas y corriges para volver a empezar. Es una forma de pensamiento materializado. Y en un mundo que cambia rápido, la capacidad de adaptarse vale más que la capacidad de producir en masa.
Otra de las inevitabilidades de Kelly es la personalización. Todo tiende a adaptarse al individuo. La fabricación digital hace posible la personalización sin penalizar el coste. Cada objeto puede ser distinto, responder a un cuerpo, un uso, un contexto. Esto no es un lujo: es eficiencia distribuida. Producir solo lo necesario, cuando se necesita, como se necesita.
Y luego está lo local. Frente a cadenas de suministro frágiles, guerras comerciales y dependencia energética (o conquistas de Groenlandia), la fabricación digital ofrece resiliencia. No elimina a la industria; la complementa desde abajo. No sustituye a las fábricas; crea una red paralela capaz de responder cuando lo central falla (como en el caso de la pandemia pasada). Kelly diría que es la tecnología buscando su forma más flexible.
La fabricación digital ya está aquí: en educación, en salud, en cultura, en emprendimiento. Y como toda fuerza inevitable, no pregunta si estamos preparados. Avanza.
La pregunta no es si este futuro llegará. Es qué papel queremos jugar en él: usuarios pasivos de objetos que vienen de lejos, o personas capaces de diseñar, fabricar y compartir lo que necesitan. Porque si algo deja claro Lo inevitable es que el futuro no se detiene ante lo que nosotros queremos, sino que somos nosotros los que tenemos que preparanos metalmente para abrazar las nuevas tecnologías.
Y en esa tarea, la fabricación digital no es una herramienta más.
Es una de las fuerzas que lo están haciendo posible.