El liberal anónimo

La eutanasia de una niña es nuestra derrota moral

Es Noelia Castillo quien habló, aunque parece que nadie oyó su voz. Hay momentos en que la vida se detiene y nos resquebraja sin aviso. Un diagnóstico o un daño. En ese derrumbe íntimo uno siente que ya no queda nada a lo que aferrarse, es cuando las noches se hacen eternas. Sin embargo, un día, sin esperarlo, sin ruidos ni milagros visibles, seguramente habría surgido la luz de la esperanza, una especie de esplendor que aparece para sostener el dolor con firmeza. Ella habría notado que Él se sentaba al borde de su cama y le tomaba de la mano buscando que no se perdiese por completo.

Esa claridad habría sido su ayuda ante su consuelo y desgarro. Él es la herida abierta que siempre sangra por uno y es una fuerza que no exige ni pide reconocimientos. Acompaña cada día en silencio. Solamente hay que saber mirar. El ser humano, ingrato incluso con quien le salva suele despreciar su ayuda, aunque después ruegan fortunas y placeres, soñando que la vida sea un hermoso jardín sin espinas. 

Noelia, si la irreflexión y la ligereza de algunos no te hubiese dejado ir, tendrías esa presencia junto a ti. La de quien caminó entre enfermos porque sabía que la enfermedad desnuda el alma y revela verdades que el cuerpo sano oculta. Todos necesitamos ser amados, pero también perdonados, sobre todo cuando la incertidumbre nos asfixia. Al leerte en las noticias, te comprendo. Todos, en algún momento, necesitamos saber que no estamos solos y anhelamos un lugar mejor cuando el dolor nos supera. Él lo dijo sin palabras, con su sola presencia, porque sabe de los miedos que no confesamos.

Querría que quedases con tu familia, con quienes te quieren. Esa red que aparentaba eterna hoy se desgarra y cuando tú marches los vínculos se romperán. Eres su luz. No dejemos que se apaguen las voces ni permitamos que la muerte llegue así, sin permiso ni autoridad. Una mala decisión arranca de raíz lo que más queremos. Noelia, te diría que en ese vacío insoportable, en esa oquedad que parece no tener fondo, es cuando Él permanece. Es casi imperceptible, pero nos dice que debemos resistir, que hay mucho por lo que luchar. No leerás esto, pero tampoco morirás en el corazón de muchos. Noelia, te contaré que el amor no muere si sigue respirando en los recuerdos, de manera que permanecerá vivo cada vez que alguien pronuncie tu nombre. Y mientras, los ojos de muchos se llenarán de lágrimas.

Conozco tu dolor. Sé de noches en que uno llora en silencio porque el sufrimiento es demasiado hondo. Sin embargo, en ese llanto mudo es cuando puedes sentir esa fuerza que existe. El sufrimiento no desaparecerá, pero Él nos promete algo más arduo y verdadero porque asegura que nunca nos soltará. Quizá la enseñanza más desgarradora que he recibido es que la bondad no es un refugio de los fuertes, es por el contrario un salvavidas para los rotos. La virtud más profunda nace del dolor compartido y por eso la gratitud se transmuta en un acto de resistencia frente a la oscuridad. Cuando todo parece perdido, debemos creer, porque aún queda la posibilidad de amar. Me entristece todo esto, porque creo firmemente, querida Noelia, que tenías que estar, vivir, luchar y sentir. 

Ojalá estas líneas hubiesen provocado en tu corazón un temblor suave, un impulso de abrazar a quien tienes cerca. Pienso que debemos agradecer incluso lo que duele, porque en ese gesto frágil y casi desesperado, es donde comienza la verdadera redención. Incluso en nuestras ruinas puede nacer la luz.