Europa y el nuevo el despotismo
Desde hace al menos 15 años una parte considerable de Europa ha optado por un estatismo dirigista tan exacerbado que puede ser calificado de despótico. Es el caso de países como España, Francia, o la propia UE. Curiosamente, los países nórdicos han hecho el camino inverso después de haber comprobado que esta receta conduce al fracaso económico y social.
Un estado gigante implica mucho más poder para los políticos, mucho más dinero para comprar votos, mucha más corrupción, y más pobreza. Basta con ver cómo España se hunde en el ranking de corrupción, o en el de libertad económica, o como crece el n.º de hogares en riesgo de pobreza.
El crecimiento desaforado del poder político lleva inevitablemente al despotismo. Lo podemos ver en España donde el gobierno lleva años sin aprobar presupuestos y a pesar de esto gasta sin freno, y tampoco consigue aprobar leyes, cosa que suple mediante el uso abusivo de la figura del Decreto Ley. La salida de los presos de ETA a la calle mediante cesión de la competencia al PNV, el cupo Catalán a costa de empobrecer a otras regiones, indultar a los amigos del PSOE o a rebeldes separatistas, tomar al asalto todas las instituciones claves del estado, regar con dinero público a los amigos, todo esto es despotismo. Esto solo es posible mediante el estado Leviatán.
El tirano por definición oprime, confisca, y hace su voluntad sin cortapisas. El gobernante que entiende lo que es la democracia debe incentivar en vez de castigar y confiscar, debe convencer desde la verdad objetiva, y debe respetar la independencia de las instituciones. De forma general debe ser el defensor del estado de derecho y no del derecho del estado a actuar como le place al déspota. Los impuestos deben ser moderados y el gasto eficaz y eficiente. Y cuando se trata de regular y legislar, debe ser lo menos intrusivo posible pues a más intervención menos desarrollo económico y social.
Es tiránico generar inflación a sabiendas, pues es el estado con su gasto y endeudamiento desmesurados el causante de este impuesto a los pobres, junto con la ayuda irresponsable del BCE. También es despótico no deflactar la tarifa del IRPF para que las clases medias y bajas paguen más impuestos, favorecer a los pensionistas a costa de los jóvenes porque aquel colectivo genera más votos que este último, u obligar a adoptar un vehículo eléctrico que la mayoría no puede pagar.
El estado es un mal necesario, y por lo tanto, su peso, su poder, debe ser el menor posible si queremos aspirar a las mayores cotas de libertad, prosperidad y calidad democrática. Los que desean un estado omnipotente suelen tener miedo a la libertad pues es más cómodo que papá estado les de todo gratis. El problema es que para dárselo todo hecho a uno hay que oprimir a otro, y esto es despótico.
Desde los albores del siglo XXI muchos gobiernos europeos han aumentado tanto la carga fiscal que soportan los ciudadanos que actualmente son muchos los que superan el 50%, y son legión los que exceden el 40%, y así no se puede llegar a fin de mes. Por si esto fuera poco, han disparado la deuda per cápita y han sobrerregulado, lo que es sinónimo de estancamiento hoy, y de empobrecimiento mañana.
Las enormes cantidades de recursos expoliados a los contribuyentes no se invierten sino que se gastan en una proporción elevada y creciente en crear ciudadanos rehenes dependientes y disparar las plantillas públicas. Cercenar la inversión mata como se ha visto en Adamuz.
También se podrían construir muchas más viviendas, cosa imposible actualmente porque no se invierte lo suficiente en redes de distribución eléctrica, sin contar el exceso de burocracia que alarga el desarrollo del suelo urbanizable hasta quince años.
Todo esto son síntomas de una forma de gobierno despótica que va contra el bien común, que daña el estado de derecho, e inevitablemente el desarrollo económico y social. Estamos aún a tiempo de cambiar de rumbo pero hemos de entender correctamente cual es la enfermedad.