Ética y estética en las decisiones
Los avances en muchos campos de la sociedad son extraordinarios. La humanidad nunca tuvo tantos recursos científicos, tecnológicos y económicos para mejorar la calidad de vida. Y junto a todo esto la inteligencia artificial nos facilita el trabajo. Todo parece indicar que avanzamos.
Sin embargo, conviene preguntarse si ese progreso se corresponde con un crecimiento de los valores que necesitamos. Porque una sociedad no es únicamente lo que construye sino la forma en cómo lo hace. El progreso material puede convivir con un empobrecimiento moral, cuyas decisiones dependan exclusivamente de utilidad inmediata, rentabilidad política o beneficio personal. La ética constituye el fundamento de toda convivencia, porque desaparecida la responsabilidad ética, aparecen los instrumentos de dominio individual; la palabra pierde credibilidad y el compromiso deja de ser una promesa. Además de la ética, hay otra dimensión igualmente necesaria y que hoy está olvidada: la estética de las decisiones. No es una cuestión nimia o decorativa, sino la expresión visible del respeto hacia los demás.
Desde las instituciones hasta las relaciones humanas es necesaria la estética. Existe una belleza en el diálogo, en discrepar sin humillar, en la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Esa belleza no es solo del arte sino que pertenece también al comportamiento. En esta época parece que el ruido sustituye con demasiada facilidad al argumento; la descalificación ocupa el lugar del debate; la inmediatez impide la reflexión. El resultado es un progresivo deterioro de la confianza, elemento imprescindible para cualquier sociedad que aspire a ser verdaderamente sana en cuanto a sus valores de convivencia.
Cada generación ha conocido sus propias contradicciones y sus formas de injusticia. Pero sí conviene reconocer que determinadas virtudes cívicas —la prudencia, la honestidad intelectual, el sentido del deber, el respeto por la palabra dada o la cortesía en la discrepancia— parecen haber perdido presencia en muchos ámbitos de la vida pública y privada. Su debilitamiento empobrece la convivencia y afecta a la calidad de las decisiones que adoptamos como sociedad.
El problema es general, se manifiesta en la política, en la empresa, en la educación, en las redes sociales y en las relaciones personales. Cada decisión cotidiana contribuye a construir una determinada idea de sociedad. Elegimos continuamente qué lenguaje empleamos, qué valores transmitimos, qué ejemplos ofrecemos y qué límites queremos respetar. Una sociedad que olvida la ética pierde el sentido de la justicia, y si perdemos también la estética de la convivencia se acaba olvidando la dignidad personal.
Para Platón, la verdad, el bien y la belleza eran una misma realidad. Educar no significaba únicamente enseñar, sino conducir el alma hacia la justicia para hacerla más libre y hermosa. Aristóteles, en su Ética a Nicómaco, decía que las decisiones que buscan el bien alcanzan su plenitud cuando nacen de la virtud. No basta con actuar correctamente alguna vez; es necesario formar un carácter prudente capaz tener la inteligencia moral necesaria para discernir aquello que favorece el bien común.
Más tarde, Kant recordaría que la dignidad de la persona no puede subordinarse a intereses, conveniencias o resultados. Su reflexión continúa siendo una de las formulaciones éticas más exigentes de la filosofía: hay tratar siempre a cada ser humano como un fin en sí mismo, nunca como un medio. Esa afirmación es plenamente actual en una sociedad que busca la individualidad, la eficacia, la inmediatez y desplaza a las personas.
Tal vez el gran desafío de nuestro tiempo no sea únicamente innovar, sino reconciliar el progreso con el humanismo. Solo entonces el progreso dejará de ser un fin en sí mismo para convertirse en un verdadero instrumento al servicio de las personas.