Los colores del prisma

La decisión de España a favor de colombianos “sin papeles”

El gobierno español decidió facilitar la normalización de residencia a más de medio millón de migrantes colombianos. En realidad, y sin duda, no es solo una política migratoria: es un terremoto político y social. Es, además, un veredicto entre dos países con historias cambiantes y futuros distintos.

Los números son contundentes: la comunidad colombiana en España se aproxima al millón de residentes. En 2010 eran 300 mil, en 2020 superaron los 500 mil, y en 2025 rozan el millón, un crecimiento del 175 % en apenas una década. Esta explosión explica una urgencia demográfica: España envejece, su tasa de natalidad cae y el mercado laboral exige manos jóvenes y productivas. Regularizar migrantes no es solo un acto humanitario, sino un instrumento para sostener sectores clave como la sanidad, la hostelería y la tecnología.

A favor, los argumentos están respaldados por organismos, expertos y académicos. La Organización Internacional para las Migraciones recuerda que los flujos migratorios pueden dinamizar economías, enriquecer culturas y equilibrar desigualdades demográficas. Douglas S. Massey —Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales— subraya que la migración responde a fallos estructurales en los mercados laborales y que su gestión adecuada favorece la integración y el desarrollo en ambos lados.

Además, con ironía histórica, este flujo repara parte de la herencia colonial: mientras España busca rejuvenecer su tejido social, las nuevas generaciones latinas aportan creatividad, dinamismo empresarial y nuevas formas de convivencia. Es una respuesta concreta a los discursos excluyentes que proliferan en otras latitudes.

Pero el reverso es sombrío. Para Colombia, esta corriente no es solo una salida individual: es una hemorragia de capital humano joven y activo. Profesionales formados, con habilidades técnicas y ambición —pilares de cualquier proyecto nacional— abandonan el país, aunque hay de todo. La consecuencia: pérdida de talento, debilitamiento de sectores emergentes y reducción del mercado interno.

La migración masiva también desgarra tejidos sociales. Deja familias fragmentadas, generaciones separadas, redes comunitarias que se deshacen sin garantía de retorno: no son externalidades menores, son pérdidas humanas y sociales que no suman a la formación de capital humano, donde también reside la riqueza de las naciones.

Existen también voces críticas que van más allá de lo económico. Douglas Murray, en The Strange Death of Europe, advierte que los flujos migratorios excesivos sin políticas integrales erosionan identidades y generan tensiones sociales. Polémica que refleja percepciones ciudadanas sobre crisis de integración en países que ya recorrieron ese camino de manera dolorosa.

No se trata de xenofobia: se trata de preguntarse si mientras un país pierde a sus nacionales, otro adopta vidas ajenas sin garantizar un retorno que tranquilice. ¿Puede España sostener medio millón de nuevas vidas sin inversión suficiente en servicios públicos? ¿Puede Colombia permitirse perder a sus jóvenes preparados, en un país que se debate entre garantías a su sostenibilidad y viabilidad?

La política migratoria de España es audaz, humanitaria y pragmática. La respuesta colombiana, en cambio, debe ser estratégica, no resignada, porque cada salida refleja la falta de oportunidades internas y la urgente necesidad de repensar políticas de desarrollo y retención de talento. Opiniones al correo jorsanvar@yahoo.com