Ernesto y la señora de las siete u ocho arrobas
Me llama Ernesto, viejo camarada del nocturno de la Facultad de Historia. Él y su mujer, Carmen, forman parte de ese pequeño cardumen de amistades que uno conserva en el jubileo, cuando las aventuras ya no son viajes exóticos sino resonancias magnéticas y análisis trimestrales. En nuestras quedadas suelen traerme los caramelos sin azúcar que les regalan en la farmacia. Como a ellos no les gustan y a mí sí, llegamos a un pacto tácito: ellos los reciben, yo los disfruto.
La semana pasada pensé que Ernesto me llamaba para el “traspaso” habitual, pero no: me cuenta que, a la salida de un funeral, se les vino encima una señora de unas siete u ocho arrobas —lo que en Zaragoza equivale a unos ochenta kilos largos— que bajó rodando por la escalinata como un alud humano. El impacto fue tal que Ernesto se quedó con un pie mirando para Cuenca, literalmente torcido en una dirección que la anatomía no contempla. Resultado: tibia y peroné rotos, astrágalo hecho un puzle y un tobillo que pedía relojería fina en lugar de fontanería traumática. Carmen, por su parte, se llevó una buena cuquera y varios moratones.
Entre huelgas médicas y reprogramaciones, la operación de Ernesto parecía una versión sanitaria de las guerras médicas: fases, retrasos y la sensación de que aquello podía prolongarse medio siglo. El lunes pasó a miércoles, el miércoles a jueves, y Ernesto, con humor de trinchera, me escribía: “Es la segunda vez que me echan al corral”. Yo le ofrecí quemarme a lo bonzo ante el hospital para exigir su intervención, siempre que me dejaran el alcohol de quemar o, en su defecto, un cubata de ron añejo, que no te quema por fuera, pero te alegra por dentro.
Finalmente, el jueves por la tarde, a las cinco en punto —por mantener la liturgia taurina— llamé a Carmen. Esta vez sí: ya lo habían intervenido, todo bien, y con las orejas y los atributos intactos. Lo celebramos con unas risas y con el alivio de saber que, en otras épocas o coordenadas geografías diferentes, igual habrían optado por cortar por lo sano y amputarle la pierna a la altura de la ingle.
Colgué el teléfono, les envié un abrazo y pensé que ojalá nos viéramos pronto. No fuera a ser que se me ranciasen los caramelos, que esa es otra batalla que no estoy dispuesto a perder. Porque, al final, la vida se resume en estas pequeñas épicas domésticas: un tobillo recompuesto, una amistad que resiste las décadas y un puñado de caramelos sin azúcar que, por puro afecto, saben mejor que cualquier dulce de confitería.