Enseñando a matar en las escuelas palestinas
La educación ha sido un componente fundamental en la construcción de una cultura del odio hacia el judío dentro de la causa palestina desde 1948, año de la fundación del Estado de Israel, hasta nuestros días. Un odio que no solo contempla su negación como pueblo o nación, sino que persigue, llegado el caso, su exterminio y aniquilación. Solo desde esta perspectiva pueden entenderse hechos como los ocurridos el 7 de octubre de 2023 y otros posteriores.
La tragedia del 7 de octubre de 2023, en la que fueron asesinados más de 1.200 israelíes y secuestradas otras 251 personas —muchas de ellas posteriormente ejecutadas tras meses de cautiverio y tortura—, obliga a una profunda reflexión sobre la dimensión moral y ética de lo sucedido, así como sobre las responsabilidades últimas de quienes perpetraron tan salvaje atentado, tanto sus autores materiales como intelectuales.
En este episodio, tan terrible como brutal, en el que se exhibieron niveles extremos de sadismo, quedó patente que la educación —o, más exactamente, una determinada pedagogía orientada a la inducción al crimen— desempeña un papel central a la hora de explicar la participación de adolescentes y jóvenes en actos terroristas. Desde la infancia, estos menores palestinos son adoctrinados sistemáticamente para asumir la violencia como un deber moral y religioso.
La expresión más gráfica de esta realidad fueron las repudiables escenas de celebración protagonizadas por niños, adolescentes y jóvenes palestinos tras la fatídica jornada del 7 de octubre en las calles de Gaza. Mientras se incineraban bebés, se violaba y ultrajaba a mujeres indefensas y se asesinaba sin contemplaciones a ancianos y niños, grupos de menores, privados de cualquier referencia moral, celebraban impúdicamente aquel sangriento aquelarre.
El adoctrinamiento de los más jóvenes en la causa terrorista palestina ha sido una constante desde el inicio de este conflicto sin salida, que comenzó en 1948, cuando los dirigentes árabes rechazaron el plan de partición aprobado por Naciones Unidas para el antiguo mandato británico. Desde entonces, la estrategia adoptada ha sido una huida hacia adelante: una lucha quijotesca, suicida y de carácter abiertamente genocida contra el Estado hebreo. La llamada “Palestina” nunca ha existido como entidad estatal soberana; se trata de una abstracción política convertida en mito movilizador por sus líderes, una entelequia irrealizable en los términos en que se plantea.
Estas prácticas han sido denunciadas en numerosas ocasiones por el Instituto de Investigación de Medios de Oriente Medio (MEMRI). En uno de sus informes más recientes se afirma que “Hamás opera un vasto y diversificado aparato destinado a adoctrinar a los niños desde una edad muy temprana para que amen la yihad, dediquen sus vidas a luchar contra los judíos y aspiren al martirio como la gloria suprema, altamente recompensada en el paraíso”. Este adoctrinamiento, añade el informe, se ve reforzado en el ámbito familiar, especialmente por madres que expresan orgullo por el martirio de sus hijos y su disposición a sacrificarlos a todos por la causa.
Del nacionalsocialismo a las escuelas de Hamás
Si se buscan paralelismos históricos, el caso de Hamás recuerda inevitablemente al del nacionalsocialismo tras la llegada de Adolf Hitler al poder en 1933. El régimen nazi sometió la educación alemana a un control absoluto, transformando la escuela y la universidad en herramientas de adoctrinamiento político y racial, orientadas no al cultivo del conocimiento, sino a la exaltación de la fuerza y la obediencia ciega. Incluso los niños en edad preescolar fueron incorporados a este sistema, al que se sumaron organizaciones juveniles destinadas a completar la formación del “perfecto” nacionalsocialista.
Algo muy similar ocurre hoy en Gaza bajo el control de Hamás, aunque este aspecto apenas figure en los debates internacionales sobre el futuro del territorio. Sin embargo, la educación es clave para entender la raíz del conflicto entre israelíes y palestinos: el combustible que alimenta el motor del odio es, precisamente, lo que se enseña en las escuelas.
A través de jardines de infancia, centros educativos y campamentos de verano gestionados por Hamás, se inculca a los niños que la yihad es un deber religioso y que el martirio garantiza una recompensa superior en la otra vida. Como señala MEMRI, “los niños aprenden que el objetivo de la yihad es liberar Palestina —desde el río hasta el mar— de los judíos, que no tienen derecho a existir allí, y eliminar el Estado de Israel”. Estos mensajes están impregnados de un antisemitismo feroz que demoniza a los judíos, presentándolos como enemigos eternos del islam, “descendientes de monos y cerdos”, seres infrahumanos con los que no cabe diálogo ni reconciliación posible.
A modo de conclusión, la comunidad internacional —y en particular aquellos actores que dicen trabajar por un plan de paz para Gaza, como Estados Unidos y varios países europeos aliados de Israel— debería haber prestado mucha mayor atención a la cuestión educativa. Este aspecto debería ser básico y central en cualquier intento serio de pacificación de la región.
Solo desde el respeto al adversario, renunciando a su exterminio —como propugna abiertamente Hamás—, e inculcando valores democráticos, cívicos y de respeto a los derechos humanos, podrá construirse un marco que permita la convivencia, la confianza mutua y el entendimiento entre judíos y palestinos. De lo contrario, las futuras generaciones palestinas seguirán creciendo y transmitiendo una cultura del odio y de la muerte, perpetuando un ciclo vicioso que amenaza con no tener fin.