Enfermedad de Chagas
Cada 14 de abril se conmemora el Día Mundial de la Enfermedad de Chagas, una afección trasmitida por el parásito Trypanosoma Cruzi que, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), afecta alrededor de unos 8 millones de personas en el mundo.
La enfermedad de Chagas es una enfermedad estrechamente ligada a la pobreza y a la vulnerabilidad social, muy común en zonas de América del Sur, América Central y México. Sin embargo, la globalización, los flujos migratorios y el cambio climático han hecho que ya no sea un problema exclusivamente latinoamericano: hoy se detectan casos en otros países y continentes.
En España, por ejemplo, un estudio liderado por el Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal) estima que más de 55.000 personas viven con Chagas, de las cuales 613 son niños, y cerca del 70 % no está diagnosticado. En este contexto, se trata de una enfermedad parasitaria importada, muchas veces invisible para el sistema sanitario hasta que aparecen complicaciones graves.
Conocida como una “enfermedad silenciosa”, ya que su evolución es lenta y, en muchos casos, asintomática durante años. Sin tratamiento, puede provocar graves alteraciones cardíacas y digestivas, e incluso causar la muerte.
La fase aguda dura semanas o meses y suele pasar desapercibida: cuando aparecen síntomas, estos son generalmente leves, como fiebre, fatiga, hinchazón en el sitio de la infección o de los párpados. Con frecuencia, estos signos desaparecen sin que la persona sepa que ha sido infectada.
La fase crónica puede manifestarse entre 10 y 20 años después de la infección inicial. En los casos más graves, puede generar arritmias, insuficiencia cardíaca y hasta paro cardíaco, llevando a la muerte.
En las últimas décadas, el número de personas con enfermedad de Chagas ha aumentado en países como España, Estados Unidos, Canadá y algunas regiones del Pacífico Occidental. Las enfermedades viajan, acompañan a las personas que migran, y muchas de ellas ni siquiera saben que conviven con el parásito. Esto supone un desafío para la salud pública de los países receptores.
Una persona puede contraer la enfermedad si vive o viaja a zonas endémicas y es picada por un insecto del género Triatoma infestans, portador del Trypanosoma cruzi, conocido popularmente como vinchuca. Este insecto se alimenta de sangre, especialmente por la noche, cuando las personas duermen. Durante el día se esconde en grietas de paredes y techos de viviendas precarias. La vinchuca convive con familias que, viven en la más absoluta pobreza, habitando casas de adobe, barro, techos de paja o palma y suelos de tierra.
Hace algunos años, al iniciar mi experiencia como pasante en epidemiología en el Ministerio de Salud de la Nación Argentina, participé en un trabajo de campo para verificar que ciertos pueblos rurales empobrecidos del interior del país permanecieran libres de la enfermedad de Chagas. Recorrimos comunidades con viviendas frágiles, condiciones que explican por qué esta enfermedad sigue siendo, ante todo, una enfermedad de la pobreza.
Recuerdo hogares donde convivían muchas personas en espacios reducidos, con corrales de animales en el patio. El trabajo duró casi una semana, y fue tan intenso como revelador. Pude conocer una Argentina profunda, marcada por una pobreza estructural persistente.
No era la pobreza urbana que conocí desde niña, cuando acompañaba a mi madre —maestra de educación primaria de adultos— a centros comunitarios donde enseñaba a personas analfabetas. Era una pobreza distinta: la de la miseria extrema en territorios ricos en recursos naturales, donde durante siglos los pueblos originarios vivieron en equilibrio con la tierra. Y si, en ese operativo, encontramos vinchucas.
Allí donde el Chagas persiste se evidencia su condición de enfermedad olvidada. Al no generar grandes beneficios económicos, recibe escasa atención por parte de la industria farmacéutica. A más de un siglo de su descubrimiento, aún no contamos con tratamientos plenamente eficaces y seguros.
La investigación avanza lentamente mientras millones de personas esperan una respuesta. Urgen medicamentos accesibles, mayor inversión en investigación y, sobre todo, más conciencia social. Sensibilizar, diagnosticar a tiempo, tratar y cortar la transmisión madre-hijo sigue siendo fundamental.
La salud no debería depender del lugar donde nacemos ni del tipo de casa en la que dormimos. Hoy más que nunca, es necesario asumir el compromiso de Una Salud solidaria, un Mundo, porque todas las personas, tenemos derecho a vivir —y a envejecer— con dignidad, acceso a la salud y justicia social.