Cinco sentidos

En la otra vida

¿Qué harías si tuvieras otra vida?

La respuesta automática suele ser tranquilizadora: "repetiría todo". Una forma elegante de no incomodarnos. Pero si insistimos —si nos damos el tiempo de una segunda respuesta— algo empieza a moverse. Ya no estamos tan seguros. Aparecen las omisiones, los silencios, las decisiones postergadas.

Y entonces la pregunta deja de ser hipotética.

En un tiempo como el nuestro, donde todo parece urgente pero pocas cosas son verdaderamente importantes, vivir en automático se ha vuelto una forma de supervivencia. Corremos, producimos, respondemos, opinamos. Scrolleamos noticias de conflictos que no comprendemos del todo —guerras en Medio Oriente que no terminan, tensiones que escalan, negociaciones que fracasan— y seguimos adelante como si nada nos concerniera. Pero rara vez nos detenemos. Y sin pausa, la vida se convierte en una suma de días correctos… y emocionalmente vacíos.

Quizás por eso sigue circulando, una y otra vez, aquel texto conocido como "Instantes", durante años atribuido erróneamente a Jorge Luis Borges y popularizado incluso por Bono de U2. Más allá de su verdadera autoría —hoy sabemos que fue escrito por la escritora estadounidense Nadine Stair—, lo que conmueve no es quién lo escribió, sino lo que revela: la intuición de que hemos vivido demasiado preocupados por no equivocarnos y demasiado poco dispuestos a vivir de verdad.

No hace falta citarlo para recordar su esencia: menos perfección, más riesgo; menos cálculo, más presencia; menos miedo, más vida.

Con los años he aprendido algo simple, pero decisivo: todos tenemos dos vidas. Y no hablo de cuestiones religiosas, ni de dobles existencias. La segunda vida comienza cuando comprendemos que la primera es finita.

Ese momento —a veces silencioso, a veces brutal— nos despierta.

Nos obliga a revisar prioridades. A preguntarnos si estamos donde queremos estar, si decimos lo que sentimos, si elegimos o simplemente seguimos. Y sobre todo, nos enfrenta a una verdad incómoda: no siempre falta tiempo; a veces falta decisión.

Vivimos en un mundo donde las urgencias externas compiten por nuestra atención de manera feroz. Los conflictos armados, las tensiones geopolíticas y la inestabilidad económica marcan el horizonte de 2026 recordándonos a diario la fragilidad de las certezas. Paradójicamente, tanta agitación colectiva puede paralizarnos en lo personal: cuando el mundo parece al borde del caos, ¿qué sentido tiene revisar la propia vida?

Mucho. Precisamente mucho.

Porque el ruido exterior nunca ha sido —ni será— razón suficiente para aplazar lo esencial. Las grandes preguntas no esperan a que el mundo se calme. Y el mundo, por su parte, nunca termina de calmarse.

No se trata de vivir de manera imprudente ni de romantizar el descuido. Se trata de recuperar la conciencia. De volver a habitar los momentos. De entender que la vida no se mide en planes perfectos sino en experiencias reales. Tal vez no tengamos otra vida. O una vida en la eternidad.

Pero, en todo caso, es aquí donde sí tenemos la posibilidad —mucho más desafiante— de vivir de otra manera de aquella que veníamos viviendo casi sin darnos cuenta. Quizás hoy, sin grandes anuncios, sin gestos épicos, pueda empezar esa segunda vida.

¿Y tú… cómo la quieres vivir?