Alcazaba

Elogio de la locura

En medio de bultos de papa y de cebolla, alzó la vista como si me reconociera, con el mismo sombrerito curtido por las marismas y la mano extendida; no lo podía creer. Habían pasado más de cuarenta años, y “Lucerito Piadoso”, seguía ahí, implorando una moneda. Me di cuenta entonces que se trataba del último sobreviviente de los viejos personajes del Buenaventura que se fue.

Ver a Lucerito me hizo recordar a “Fernando Paja”, un personaje que, aseguraban, había llegado en el Barco Maravelí, desde Jamaica, en tiempo de Semana Santa, para quedarse definitivamente en las calles del puerto. Arreglaba paraguas y vestía de manera original; con retazos de diferentes colores. Hubo un tiempo en que Buenaventura tuvo una nómina de más de veinte locos, locales, todos brillantes, los cuales se encargaban de mantener la ciudad a salvo de orates que venían de otras ciudades. Quizás el más notable de todos fue Juan Vallecilla, a quien apodaban “Juan Cocha”, famoso por escapar de un sanatorio de Araracuara, colgado del ala de una avioneta. Decía sin tapujos que la historia del mundo había parido tres juanes ilustres: Juan Tenorio, Juan XXIII y Juan Cocha. Durante muchos años fue secretario ad-honorem del padre José Ramón Bejarano. Con él, aseguraba, había aprendido árabe, portugués y latín, mezcla de lenguas que parloteaba a gusto delante de los marineros, con arrestos de políglota. En agosto, en tiempo de carnavales, Juan era financiado por un comerciante árabe, y ataviado con smoking y sombrero de copa, una indumentaria de cartón, iba por las calles. Detrás, cerca de cien chiquillos, entre los que me contaba, lo seguíamos con el estribillo: “Juan Cocha va a la luna/ Juan Cocha va a la luna…”

Vallecilla inventó un licor que lo acompañó en sus últimos años, mezcla de kola Román con Agua Florida de Murray y Alka-Seltzer.

Nunca pudo zanjar su enemistad con “Berlín”, quien estaba convencido que la mejor manera de purificar el cuerpo, era con baños de fuego. Aprovechaba la salida de las niñas del Liceo Femenino del Pacífico, para empelotarse y empezar una danza frente a una fogata. La proverbial puntería de “Potencia” tampoco le agradaba. “Potencia” podía romper cabezas a muchos metros de distancia, con piedras de cascote.

El Chino Carlos fue uno de los primeros en llegar al puerto. Usaba trenza, a la manera de Shangay, y llevaba sobre sus hombros una vara, con cubos a lado y lado, donde recogía las vísceras del mercado. Nunca aprendió español, pero pasaba la vida en cuclillas sobre las aceras, jugando a los dados sobre un trozo de cartón. Toda moneda que le daban sus paisanos, la perdía.  Un día tomó un barco y regresó a Cantón, al sur de China, de donde había venido. Allá se aburrió y retornó a Buenaventura.

De ese puerto del pasado, me llega también la imagen de “Cascarita”; andaba por las calles con un teléfono imaginario para comunicarse, siempre en plan urgente, con Panamá y con Saturno; “Perroni”, con su almanaque enrollado bajo el brazo; “El Pirata”, altivo con su pierna de palo y condecoraciones al pecho, hechas con tapas de cerveza. La “Pío Pío” encendía a garrote a toda mujer que se le pusiera delante, pues, en su imaginación, ellas le habían quitado el marido, o “Rolando”, marihuano confeso, quien cantaba boleros de Lasserie y daba la hora sin tener reloj. Al parecer iba por las calles marcando segundos y minutos, pues, era comprobable, su hora siempre fue exacta. Gente brillante.