Eligiendo la propia prisión: del burka al Discurso sobre la servidumbre voluntaria
No sé los demás –de todo habrá, supongo- pero mi opinión es que el beligerante debate respecto al uso público del burka no concierne ceñidamente a la libertad individual sino al bien común. Esto es, la teoría del contrato social, que fundamenta al Estado de Derecho, nunca ha buscado aumentar la libertad individual sino la cohesión social. Y el uso público del burka –insisto, es mi opinión- resquebraja la cohesión social”.
El título de esta pieza remite a la obra atribuida a Etienne de la Boétie (Discours de la servitude volontaire) si bien algún estudioso endosa la autoría a Montaigne. El texto es muy sutil y enlaza, por oposición, casi directamente con la filosofía de Rousseau un par de siglos más tarde. La filósofa francesa, militante obrerista (no comunista), Simone Weil (1909-1943) conocía al dedillo el libro extrayendo una interpretación bastante especial. Para Weil, tremendamente sensible y algo excesiva –como había anticipado Alain, que fuera su profesor- la servidumbre de someterse voluntariamente al poder para compartir la condición de oprimidos, débiles o desfavorecidos era la más alta y humana expresión de amor a la especie siguiendo el ejemplo de Jesucristo, siempre al lado de los desvalidos. Simone Weil, según propia confesión, se convirtió al catolicismo (era judía) presenciando una procesión de mujeres portuguesas vestidas de negro.
En ese momento, entendió que el catolicismo era la religión de los esclavos y ella también lo era. La conversión de Weil no transitó clásicamente por el bautismo, no era partidaria de ningún tipo de liturgia ni simbolismo religioso, sino por la convicción de que el amor de Cristo a los desposeídos, los esclavos de corazón, era la única forma posible de acercarse a los que sufren, siendo la incomprensión para con los demás una forma de infligirles sufrimiento. Con estos antecedentes, quién puede negar que quizás Weil, si viviera, se solidarizaría actualmente, en total fusión espiritual, con las mujeres, en cierta medida también esclavas, que adhieren públicamente al uso de burka o niqab en países occidentales.
El uso público de burka o niqab interpela conflictivamente a las sociedades occidentales, hipotéticamente democráticas, movilizando conceptos como libertad (¿cuál de ellas?), libre albedrío, derechos individuales, derechos públicos, tradición, pero, creo yo, fundamentalmente interpela al así llamado bien común...según cánones políticos occidentales.
Rousseau, a la par que Hobbes y contrariamente a De la Boétie, se dota de lo que hoy podríamos llamar una axiomática utilitarista no tanto porque crea en ella sino porque resulta más pertinente, e incluso convincente, para la teoría política que otro modelo alternativo que presuponga al ser humano movido por la preocupación del bien común. Erróneamente, a Rousseau se le adjudica a veces la paternidad (tuvo cinco hijos, sí, pero todos incluseros) de la teoría política del “contrato social”. El “estado natural” o “estado de naturaleza” es una noción de la filosofía política forjada, mucho antes del nacimiento de Rousseau, por filósofos del siglo XVII adscritos a la corriente del “contrato social” en tanto contrato originario entre hombres libres por el cual aceptan una limitación de su libertad a cambio de leyes que garanticen la pervivencia del cuerpo social en el seno del Estado. Hugo Grotius (Huig de Groot, 1583-1645) fue el primero en la historia de la filosofía política en teorizar el contrato social moderno. Le seguirán Hobbes (1588-1679), Locke (1632-1704) y Rousseau (1712-1778).
Si bien el contrato social presupone un estado natural, preexistente a la sociedad organizada, con el cual rompe, no significa que el estado natural sea puramente ideal, especulativo. El estado de naturaleza, a no confundir con la mitológica "época dorada" (The Golden Age), no corresponde a ninguna realidad histórica que hubiera precedido la instauración de leyes. Es falso por tanto que la legitimidad de un idealizado derecho natural preceda a la legalidad de la sociedad política: nadie tiene naturalmente derecho a vestir burka sin el aval de la sociedad política. El estado natural es una parábola para representar una situación teórica e hipotética de la humanidad sustraída a la ley. La teoría del contrato social al romper con el naturalismo político de los filósofos clásicos (platónicos y aristotélicos) permitió la emergencia del concepto de igualdad política, formal y material. Esto es, permitió el nacimiento de la democracia; lo otro es puro empirismo organizativo, esencialismo oportunista, fraudulentamente teorizado por los defensores de las instituciones latentes supuestamente forjadas por la selección operada por los siglos.
Para entender el origen de las normas, Rousseau -en Discours sur l'inégalité parmi les hommes- se pregunta por qué hombres libres aceptan plegarse a las restricciones coercitivas que imponen las leyes en aras de alumbrar la sociedad. La respuesta recurre a la brillante parábola de los cazadores -dos hombres libres y autónomos- que viven en estado natural sin sometimiento a reglas ni normas sociales o morales.
Pero, limitados físicamente, deciden asociarse para cazar al acecho. Las configuraciones posibles dan lugar a varias estrategias (cooperan los dos cazadores; uno coopera y el otro abandona el puesto sin prevenir; ambos abandonan) perfectamente estudiadas en teoría de juegos. Dichas estrategias pueden jerarquizarse desde la situación óptima para los dos cazadores hasta la peor posible pasando por las intermedias.
Se demuestra -y es mérito de Rousseau haber establecido lo que hoy con nuevos métodos es un teorema- que individuos libres pueden tener interés en renunciar a parte de su libertad o autonomía (lo que niega De la Boétie). En efecto, si los cazadores, buscando un óptimo, reconocen a un tercero -digamos, al más viejo o sabio de la tribu- la capacidad de imponer una multa o castigar al cazador que abandone el acecho del ciervo para capturar una presa más fácil, pero cuantitativa y cualitativamente inferior, la matriz de pérdidas y ganancias de las distintas estrategias cambia radicalmente. De ahí la proposición fundamental del Discours: individuos libres pueden tener interés en someterse a una autoridad política si con ello se favorece la consecución de ciertos fines u objetivos. Recíprocamente, para no degenerar en tribalismo la decisión que lleva a los individuos a constituirse en Estado –más concretamente en Estado de Derecho- es prácticamente irreversible. No me voy a extender pero pudiera ser que el uso de burka o niqab en el espacio público atentara contra el Estado de Derecho, forzosamente coercitivo, y afectara al bien común.
Ello no impide que las restricciones que impone la ley en el Estado de Derecho sean desagradables: a nadie le gusta esperar ante un semáforo en rojo o le prohíban vestir burka. Además, el arte de alcanzar el punto intermedio, la combinación perfecta entre libertad individual y coerción social, es exigente. Pero hay que perseverar. Si el uso del burka en el espacio público fuera simplemente un asunto de libre arbitrio/libertad individual –como ponerse una escafandra de buzo- yo me decantaría sin la mínima duda por dar rienda suelta a la propia voluntad. Pero es más que eso, todos lo sabemos: es la lacerante expresión de una simbología política ferozmente opuesta al Estado de Derecho.
Por otra parte, y no es asunto secundario, no está nada claro qué es ni si existe el libre arbitrio. Por ejemplo, el neurólogo Richard Levy (cf. Cortex) describe como el lóbulo prefrontal (si no está afectado) nos permite evitar ciertos automatismos que condicionarían nuestra libertad. Otros enfoques de neurociencias se toman el asunto muy en serio y dudan que los humanos seamos libres incluso sin coerción que nos obligue a hacer algo o su contrario.
Hasta la mecánica cuántica ha incursionado en este terreno (cf. los free-will theorem/ teorema del libre arbitrio de Conway-Kochen) aunque en mi opinión oscurece más que aclara. En efecto, a día de hoy nadie es capaz de establecer una relación entre las decisiones libres de las partículas y las de los humanos.
En fin, el sentimiento subjetivo de libertad se explica probablemente mejor con la literatura que con la filosofía o la ciencia si se acepta pagar un precio en términos de inteligibilidad racional. Y no hay que excluir que quizás la única libertad de la que disfrutamos sea la de elegir la propia prisión.