Área 52

Elegisteis degenerar

En sus Reflexiones sobre la revolución en Francia, Edmund Burke oponía al caos, el asesinato y la corrupción de la Revolución Francesa, otro modelo de revolución como la Gloriosa de 1688 en Inglaterra. La cuestión no era formal o una diferencia sobre las cuestiones perentorias del día a día que urgía cambiar, sino de fondo. Mientras una revolución, la francesa, aspiraba a crear un orden nuevo que hasta desconocía la verdadera naturaleza del hombre y de la sociedad y que, por tanto e indefectiblemente, acababa en tiranía, el modelo revolucionario de Burke aspiraba a corregir lo que de la Nación y su forma de ser se separaba su gobierno para, efectivamente, volver éste a aquella. A su ethos y su manera de manifestarse en leyes y gobierno.

Sólo así, según Burke, se podía volver a la auténtica libertad. Algo así como traspasar el velo de ignorancia de Rawls hasta el momento fundacional de lo jurídico –y por tanto de lo social-, sin olvidar que de aquel momento y de su posterior adaptación a los tiempos, nacía la forma de ser de un pueblo determinado. Era ir para venir, pero sin desconocerse en el camino. El ius naturale en el ius civile y viceversa.

Así pues, el acto de conservar no es reaccionario ni “enemigo del progreso” en Burke. Es entender la lógica profunda de lo jurídico-social para atender aquello de la naturaleza humana que tiene relevancia jurídica y, a la vez, lo que ocurre a partir del pacto social y por lo cual se constituye. Esto es, y esto ya lo digo yo, la conciliación entre vida, libertad, integridad y propiedad individuales y en su máxima expresión, con aquello que constituya el bien común dadas las circunstancias históricas.

Desgraciadamente, hemos optado por el modelo francés. Abandonado nuestro ethos, todo el mundo se ha lanzado a crear “hombres nuevos”. Y con el hombre, el resto de categorías han pasado a ser formas, por lo que cualquier imbécil se puede inventar no sólo un hombre, sino un mundo nuevo. Por supuesto degenerado, cuando no criminal, porque sólo atiende a la forma que, necesariamente, es sólo un aspecto (y muchas veces ni eso) de la categoría.

En España también hemos elegido esa degeneración en forma de partitocracia, que no es más que una forma de selección natural inversa en la que triunfan los menos aptos: aquellos que están todo el día en la forma de turno y desprecian la categoría. “Menos teoría y más acción”, como si una cosa estuviera reñida con la otra, y al final nos encontramos con cretinos que viven en la acción de la manera que, por evolución, no es más que una forma degenerada. 

Así, la política pasa a no tener nada que ver con tratar los asuntos de la polis, sino que se convierte una carrera entre cazurros y horteras -mejor si cumplen ambas- para ver quién dice la sandez más grande y entretener a la grey, amorfa e idiotizada por no tener más referente que quien sale de sí misma (un bucle autorreferencial bovino. Qué puede salir mal). Y si esto ocurre, ¿qué pasa con la polis?

Pasa que la gota fría mata donde no se han hecho las infraestructuras y limpiezas pertinentes, pero no lo hace donde sí se hicieron, y a eso lo llamamos “los efectos de la DANA”. Pasa que se apagan las luces en un país entero durante un día (y está claro que no será la última vez), y como lo de echar la culpa a las empresas privadas no funciona, se deja de hablar de ello. Pasa que los trenes se paran, estropean, arden y descarrilan causando más víctimas, pero “no es momento de exigir responsabilidades” porque “el ferrocarril vive el mejor momento de nuestra historia”. Pasa que nos encantan los bosques, pero luego nos sorprendemos de que se quemen por no mantenerlos, y a eso lo llamamos primero “calentamiento global” y luego “cambio climático”. Todo son formas, trampantojos, mientras la realidad nos devora al ritmo trepidante del expolio fiscal y de la más que evidente pérdida de libertad real. Que hasta para esto hay fingimientos varios.

¿Dónde están los sucesivos récords de recaudación? ¿Y el dinero de Europa? No pregunten. Eso no es cosa de la política. Julio Iglesias y sus supuestos delitos, que se habrían cometido en el extranjero, preocupación insoslayable para la Fiscalía española. Repugnante.

Urge una revolución a lo Burke en España. Y esta empieza por algo muy sencillo: llamemos a las cosas por su nombre. Hoy, España, es una forma de gobierno degenerada llamada kakistocracia (el gobierno de los peores), donde todo lo que es malo necesariamente ha de pasar hasta el límite del despertar de la Nación y donde, por tanto, el peor y los peores necesitan subterfugios para mantenerse. Esto es, una dictadura de los peores. No es posible una forma peor de corrupción.

¿Qué es corrupción? ¿Y tú me lo preguntas? Corrupción… Eres tú. Rebélate. A lo Burke.