Los colores del prisma

Las elecciones en Colombia tienen al país en suspenso

En cualquier lugar de Colombia, esta semana, todo parece un plebiscito. Las campañas llegan a su final y el día D es el próximo domingo. En la radio de un taxi suena el debate: dos voces elevan el tono, se interrumpen, se acusan. El conductor asiente o niega con la cabeza y suelta una frase que resume el clima nacional: “Hablan mucho… pero no dicen cómo”.

La escena es doméstica, pero el momento es decisivo. Las encuestas —numerosas, contradictorias, oportunamente filtradas— se han convertido en un actor político más. Cada firma ofrece un país distinto: empate técnico, ventaja amplia, crecimiento inesperado. Hay cifras para alimentar entusiasmos y para fabricar derrotas anticipadas. En lugar de aclarar el panorama, lo densifican. En Colombia, la demoscopia no solo mide: también presiona, condiciona, instala climas.

Lo que sí aparece constante es la polarización. De un lado, Iván Cepeda, senador de izquierda y heredero natural de la agenda promovida por Gustavo Petro. Del otro, Abelardo de la Espriella, abogado mediático que ha convertido el discurso de orden y confrontación frontal en su bandera.

El resto —Sergio Fajardo, Claudia López, Paloma Valencia, Miguel Uribe Londoño, Vicky Dávila y otros aspirantes— orbitan muy por detrás. Pero en Colombia nadie es irrelevante: en una eventual segunda vuelta, cada punto porcentual se negocia como una ficha estratégica en una partida donde la gobernabilidad vale más que la victoria.

En este tablero, el presidente Petro no juega a la neutralidad institucional. Su estrategia política —visible en las últimas semanas— combina narrativa de confrontación, victimización calculada y gestos de impacto inmediato. Baja precios de combustibles en momentos simbólicos, intensifica la presencia en plazas donde sabe que será aclamado y convierte cada intervención pública en una pieza de campaña. 

Petro gobierna, sí. Pero también lidera un relato permanente en el que se presenta como asediado por élites, medios y adversarios. Esa narrativa cohesiona a sus bases. Pero al mismo tiempo eleva la temperatura política hasta niveles donde el matiz desaparece. No es solo una estrategia electoral: es una forma de gobernar en campaña constante. Y no es exclusiva del presidente. Alcaldes y gobernadores —de distintas corrientes— han entendido que en Colombia el poder no administra en silencio; compite incluso cuando ejerce.

Mientras tanto, la realidad insiste. Comerciantes denuncian el regreso de la extorsión. Empresarios turísticos reclaman estabilidad jurídica para atraer inversión. En zonas rurales, los grupos armados ilegales vuelven a marcar territorio. El narcotráfico se adapta como cualquier mercado global. La corrupción —transversal y persistente— ya no indigna: desgasta.

Pero las soluciones concretas siguen en borrador. Las reformas estructurales —salud, educación, sistema tributario— requieren acuerdos amplios y diseño técnico minucioso. Lo que predomina, sin embargo, es el titular punzante. La polarización, que moviliza emociones, desplaza a la ingeniería institucional, que exige paciencia y cesiones.

No es un fenómeno aislado. En Estados Unidos, la división permanente bloquea consensos básicos. En España, la fragmentación convierte cada reforma en un pulso interminable. En Brasil, la alternancia reciente dejó un debate público cicatrizado. La identidad gana elecciones; el acuerdo construye Estado. Colombia parece oscilar peligrosamente entre ambos mundos.

Las consultas partidistas, que deberían contrastar modelos de país, funcionan como un casting ideológico. Se mide quién confronta mejor, no quién administra con eficacia. El algoritmo dicta el ritmo; el programa espera turno.

El ciudadano común no discute teorías. Pregunta por seguridad, empleo, reglas claras. No quiere saber quién fue el culpable de ayer, sino quién asumirá la responsabilidad mañana. La campaña entra en su recta final con plazas llenas y micrófonos abiertos. Pero el país real —el que madruga y hace cuentas— permanece en suspenso.

Y ahí está la paradoja más incómoda: Colombia tiene líderes dispuestos a ganar la elección. Lo que aún no demuestra es tener suficientes dispuestos a perder un poco para poder gobernar. Porque gobernar no es vencer al adversario. Es convencer al país. Opiniones al correo jorsanvar@yahoo.com