El tambor del Congo
La primera vez que oí hablar de Matadi fue a mi hermano marinero quien una vez ingresó por ahí, desde el océano Atlántico, al río Congo, el mismo que atraviesa como una serpiente el centro de África hasta Nselemba, junto a las cataratas de Stanley.
La segunda vez que encontré ese nombre, “Matadi”, fue en la novela “El corazón de las tinieblas” de Joseph Conrad, quien enfermó de disentería en su larga exploración en un Congo colonizado y devastado por el rey Leopoldo II de Bélgica, en 1890.
Hoy, la República Democrática del Congo, en el centro del continente negro, continúa asolada ya no por los colonizadores europeos, sino por el virus del ébola, enfermedad que es transmitida por los murciélagos frugívoros a los antílopes y chimpancés y de ahí a los humanos. Se caracteriza por fiebres, intenso dolor de cabeza y hemorragias internas y externas que llevan rápidamente a la muerte.
La Organización Mundial de la Salud, OMS, registra hasta el día de hoy 130 víctimas del ébola, y al menos más de 600 casos sospechosos entre el Congo y Uganda. Lo preocupante de esta situación es que el ébola, que toma su nombre de un río del Congo donde apareció por primera vez en 1976, responde hoy a la cepa “Bundibugyo”, para la cual no se conocen vacunas. Se transmite de la misma manera que el SIDA, por fluidos, de persona a persona, y no está certificado que viaje en el aire.
De los primeros años del siglo XX cuando Conrad navegó por el Congo, al día de hoy, no mucho ha cambiado ahí. En su libro “Huéspedes de paso”, André Malraux, Ministro de Cultura de Charles de Gaulle, nombra al Congo como un importante referente cultural, con su arte primitivo, sus máscaras que inspiraron a Pablo Picasso, y da fe de la devastación causada ahí por los colonizadores.
Conrad también habla de la fiebre en su “Diario del Congo”, y de cómo veía desde la cubierta del barco, esqueletos de hombres blancos atados a los árboles, lanceados por tribus que después del ataque huían en estampida a la jungla para jamás volver. Vio desde su barco las casuchas podridas por la humedad y el abandono, la carne descompuesta de los hipopótamos en las orillas, la avidez de los nativos por consumir carne humana.
Y el eco persistente del tambor, como anuncio de realidad, de estar con los pies en África y la mente en el Reino Unido. Conrad, quien se hizo inglés, había nacido en Ucrania en 1857:
“El monótono redoble de un gran tambor llenaba el aire de golpes amortiguados. El continuo zumbido de muchos hombres que entonaban conjuros misteriosos, surgía del negro y aplastado muro de la selva…”
Ese tambor todavía percute en el Congo, después de 136 años, ya no para espantar hombres blancos sino para aturdir a la muerte que llega con el ébola.