El rey del mundo
“Creo que la vida en la Tierra está ante un riesgo cada vez mayor de ser destruida por un desastre, como una guerra nuclear repentina, un virus creado genéticamente u otros peligros.”
Stephen Hawking
En pleno siglo XXI, tras las muchas vicisitudes que atravesó, no sin costes, pero habiendo adquirido a cambio una gran experiencia, la humanidad llegó a un estado de madurez que le hizo emprender, por fin, el camino adecuado.
Fruto de ese sosiego y reposo intelectual, y para evitar que los acontecimientos del pasado volvieran a repetirse en un eterno retorno, los diversos países llegaron al consenso de unificar sus intereses en un solo frente común, priorizando a las instituciones internacionales. Fue un pacto secreto, que se ejecutó de hecho sin que trascendiera jurídicamente, pues las reticencias hacia el mismo eran evidentes: nadie quería que los países desaparecieran integrados en una idea común, no ya tanto por un sentido de preservación de las identidades nacionales, sino por la negativa, persistente en muchos, a perder sus cuotas de poder.
Los gobiernos planificaron un concepto de soberanía planetaria superando las fronteras de sus territorios, en una especie de hermandad de todos los pueblos.
No obstante, en ese nuevo mundo global se precisaba de un líder que estableciera los pilares maestros de la dirección de la sociedad, pues la misma razón que había llevado a declinar el poder territorial en un ámbito superior también conllevaba la necesidad de evitar la anarquía. A tal fin, el dirigente de la que había sido la principal potencia mundial se postuló, afirmando que él había llegado democráticamente al poder, lo que ratificaba que la población le respaldaba, y además demostró que contaba con amplios conocimientos económicos que le habían permitido lograr, para el que había sido su país, un crecimiento exponencial hasta constituirse en la primera fuerza motriz de la comunidad internacional.
Siendo esto así, el resto de los dirigentes consideraron encomendarle la dirección del proyecto.
En ese momento, bajo su mando único de facto, el nuevo líder consideró que, con su única directriz, sin necesidad de ningún tipo de decisión consensuada, la unificación podía perfectamente ser llevada a cabo. Los medios de comunicación comenzaron a difundir noticias ensalzando la figura y los planes del líder que lo fue de aquel potente país, al tiempo que las inteligencias artificiales, puestas también a su disposición, determinaron la innecesariedad de la intervención de consejos de gobierno o de órganos de consulta o de fiscalización humanos, dado que el propio medio informático realizaba tales funciones, garantizando así la adecuación a las leyes de las decisiones del líder. Unas leyes estatales que, progresivamente, fueron sustituidas por otras de ámbito internacional, que supusieron la trasposición directa de las normas del país de origen del líder al campo supranacional, adquiriendo éstas así una obligatoriedad planetaria.
El líder ofrecía comparecencias y ruedas de prensa constantes, en las que realizaba afirmaciones de tono triunfalista, erigiéndose en un paladín de la paz. Sin embargo, esos mensajes no se correspondían con la realidad que todos los pueblos atestiguaban: aquella unidad que filosófica y secretamente se había planificado se estaba convirtiendo en un poder omnímodo, rodeado de batallas sin fin, al haber confiado el destino de todos en la presunta rectitud ética de una sola persona.
Mientras los sonidos de los disparos y de las bombas continuaban diariamente, aquellas proclamas también lo hacían, sin cesar ni unos ni otras, hasta que llegó el día en el que el líder exclamó: “Soy el rey del mundo”.
Pero era ya un mundo sin humanidad, en el que el único súbdito que quedaba era el propio rey.