El que tuvo, retuvo
Todos deseamos llegar a viejos, y todos negamos que hemos llegado. —Francisco de Quevedo
Hay un instante, cruel e inevitable, en que sumar un año también trae un par de dolencias nuevas. Es como coleccionar sellos. Sin embargo muchos siguen mirándose al espejo con fe y esperando que no asome una nueva arruga, que el pelo no se torne gris y que los potingues obren ese milagro que ni Fátima consigue. Algunos creen que las bolsas son sólo para la compra y no para los ojos, que los pechos son ajenos a la gravedad y otros más temerarios insisten en tener veinte años, volviendo a las minifaldas cuando sus rodillas parecen ensaimadas o ellos embutiéndose camisetas prietas para exhibir músculos recién descubiertos y en un ridículo del que diría Quevedo, anda siempre delante y nunca se cansa.
Llegan las fiestas al pueblo y reaparecen compañeros de aula y pupitre. Muchos parecen fantasmas de una novela de Galdós. El guapo oficial de melena majestuosa hoy baila solo, coronado por una altiplanicie en donde únicamente faltan unas llamas pastando. El deportista, ídolo de pasillos y dueño de una agenda sentimental que gestionaba con la misma soberbia que Ábalos, ahora luce una excelsa barriga y unos mofletes que han desertado en favor de una bolsa adiposa de gananciales. Su antigua chorbagenda convertida en un móvil de tercera generación la tiene puesta en modo vibrador.
También está el intelectual, aquel prodigio que prometía comerse el mundo. Hoy pasea solitario con las manos en los bolsillos y oculto detrás de unas gafas cenicero. Viste el mismo gabán de los diecisiete. Es como si el tiempo no hubiese pasado por él… o como si lo hubiese aplastado. Su destino quedó en un funcionario amable, correcto e inofensivo, y resuena en él aquella sentencia de que nadie es más vacío que aquel que está lleno de sí mismo.
En la esquina del bar de moda está quien nunca prometió nada. En eso ha cumplido. Sigue siendo raro, solitario, extraño y sin compañía, pero fiel a su marca de cerveza que sujeta con el mismo estilismo de hace décadas. También aparecen los dos inseparables, tan insípidos como entonces, pero acompañados de sendas señoras igual de prudentes. Los miro y pienso: ¡qué viejos estamos! Supongo que ellos me verán marchito, apolillado, envejecido y jodidamente podrido. Pero aquí, en el reencuentro, el postureo es un deber moral. Sonreír, fingir y disimular, aunque nos duela. Menesterosos, pero con dignidad.
Los años nos arruinan, pero a unos más que a otros. Pregunto a uno qué ha sido de su vida: Aquí sigo, dice. Estudié químicas y vendo pomadas para las hemorroides. Y añade: ¡no sabes bien cuántas veces me acordé de ti! No es la primera vez que lo escucho, así que inmediatamente busco refugio en la metafísica o en la memoria de Abraham, cualquier cosa que me aleje de estos asuntos del hombre y sus circunstancias.
Hoy veo compañeros que miran el pasado e ignoran el futuro, y otros que sueñan con el futuro pero olvidando su pasado. Los que heredaron una empresa familiar la arruinan con eficacia y es, en ese instante, el momento en que asumo que nuestra generación ni siquiera ha sabido recibir.
Y aquí estamos los otros, quienes no fuimos ejemplo de nada, pero al menos conservamos algo de pelo, evitamos la barriga y esbozamos una sonrisa digna y sincera. Hasta es posible que Gracián pensase en nosotros cuando escribió que lo bueno, si breve, dos veces bueno, porque fuimos breves en el esfuerzo pero ágiles en expectativas, que fue sin duda, lo que nos enseñó a esquivar dificultades con total destreza. Con eso y la conciencia de nuestras torpezas, cada día intentamos corregir lo que fuimos… o lo que nunca llegamos a ser.