El ensimismamiento
La consideración del ensimismamiento como ‘barrera epistémica’ explica bastante bien la dificultad para el entendimiento y la concordia. Resulta fácil de entender los conflictos que genera en la vida diaria observando la cerrazón ideológica, el empecinamiento de nuestros políticos y el ‘diálogo de sordos’ que genera. Curiosamente, el ensimismamiento, en general, se considera más positivo que peyorativo; en su traslado al inglés, Self-absorption, queda más evidente su connotación negativa. En castellano, ha sido la influencia de Ortega la que más ha influido en su valoración.
En su conferencia ‘Ensimismamiento y alteración’ (1939), Ortega recurre a la imagen de una jaula de monos, siempre alerta, atentos sin descanso a cuanto ocurre a su alrededor, como temiendo que de allí llegue un peligro al que hay que responder automáticamente con la fuga o el mordisco. El animal, dice, está siempre pendiente de lo que no es él mismo, ‘el animal es pura alteración, no puede ensimismarse’. El ser humano, en cambio, puede de cuando en cuando suspender su ocupación directa con las cosas, desasirse de su entorno, y volverse de espaldas al mundo para meterse dentro de sí, atendiendo a su propia intimidad. Ese repliegue —el ensimismamiento— es justamente lo que hace posible la reflexión, el pensamiento teórico y, para Ortega, la técnica misma: el hombre es capaz de ensimismarse y de crear una “sobrenaturaleza” precisamente porque puede detenerse a pensar antes de actuar sobre el mundo. Es decir: en el sentido estrictamente orteguiano, el ensimismamiento no es la barrera, sino la condición de posibilidad de entender el mundo con cierta hondura. La barrera sería más bien la alteración: el estar todo el tiempo reaccionando a estímulos externos sin poder pararse a pensar.
La RAE recoge justo esta oposición en su definición: ‘Recogimiento en la intimidad de uno mismo, desentendido del mundo exterior. Se opone a alteración’.