A Volapié

El club de Roma

Mi último artículo trataba de como a pesar de incontables fracasos los socialistas de todos los partidos siguen empecinados en tomar el control total de la sociedad mediante un rancio estatismo de corte dirigista y planificador cuyos únicos beneficiarios son ellos mismos y sus satélites. El fruto de este proceso es la pauperización de la sociedad, la creciente pérdida de libertades y el deterioro de las instituciones democráticas.

La herramienta principal es el miedo, alarmar a la sociedad como medio para justificar el creciente control estatal. Es importante destacar que todas las predicciones catastrofistas que se han realizado desde Malthus en el siglo XIX han fracasado, incluyendo todas las alarmas climáticas, demográficas y alimentarias lanzadas a lo largo de los siglos XX y XXI.

Antes de las agendas 2030 y del cambio climático existió el club de Roma. En 1968 predijeron que hacia el final del siglo XX el crecimiento mundial se iba a estancar, que tanto la producción industrial como la de alimentos per cápita iban a reducirse, y que los recursos naturales iban a escasear a un ritmo acelerado. Además, pronosticaban un fuerte incremento de la mortalidad debido a la falta de comida y a la contaminación.

Afortunadamente de nuevo la realidad no confirmó ninguna de estas alarmistas e infundadas predicciones. Desde entonces el crecimiento económico y la producción industrial y de alimentos se han incrementado enormemente, tanto a nivel global como especialmente en aquellos países que fueron abandonando o reduciendo el yugo del estatismo, como China, Rusia, la India, Suecia, Europa del Este, y otros muchos más, justo lo contrario de lo que los estatistas alarmistas habían predicho.

Al igual que los promotores de las agendas 2030 y del cambio climático, el club de Roma tenía como fin obtener el control total de la sociedad en favor de una élite de “elegidos” que creían estar llamados a ser los salvadores de la humanidad y que desde ese momento en adelante iban a regir su destino. Entre otras cosas, en  Roma se discutió cómo cortar de raíz el crecimiento de la población mundial hacia 1975 y el de la producción industrial hacia 1985.

El decrecentismo que enarbola hoy en día una parte de la extrema izquierda no es por lo tanto nada nuevo, es la mercancía averiada que ya nos querían vender a finales de los años 60 con el objeto de crear una sociedad de sujetos empobrecidos, dependientes y mansos.

Este control mediante el miedo tiene siempre un alto precio, principalmente la dilución de las instituciones democráticas, la pérdida de libertades y el empobrecimiento generalizado de la población. Este super-socialismo a escala global pretendía y pretende sustituir la economía mixta de libre mercado por una economía totalmente dirigida y planificada por el estado, obviando el hecho de que este modelo económico ha fracasado rotundamente en todas las ocasiones que se ha ensayado. Decían que, de no hacerse de esta manera, la humanidad corría un serio riesgo de colapso, casualmente lo mismo que nos dicen desde hace unos años los apologistas de la agenda climática.

En Europa el crecimiento sostenido se ha debilitado desde las crisis del 2007 y del 2011, justamente porque se ha apostado de nuevo por el estatismo planificador, un “déjà vu” que es la causa del actual retroceso económico y social de países como España, Francia, Italia y Alemania.

El club de Roma fracasó estrepitosamente en sus predicciones, afortunadamente, pues su plan condenaba a la humanidad al empobrecimiento permanente sin causa justificada. Los objetivos y fines de la agenda del cambio climático son muy parecidos de manera que conviene oponerse a ellos con firmeza. La agenda 2030 tiene distintos objetivos aunque también está condenada al fracaso porque se basa igualmente en la preponderancia, el dirigismo, y el control del estado.

Muchos de los objetivos de dichas agendas son loables, pero no se pueden conseguir con más estado porque esto frena tanto el crecimiento económico como el progreso social, lo que se traduce en menos recursos disponibles. Sin medios financieros estos costosos objetivos no se pueden alcanzar, y endeudarse a tal fin es la receta para el desastre. Es por esto por lo que los principales países de la UE se enfrentan a serios problemas económicos, financieros y sociales.

El despotismo estatista, ya sea de corte socialista o de otro tipo, lleva fracasando repetidamente desde 1789, y esta vez tampoco está siendo diferente. Cualquier objetivo que nos propongamos, ya sea social, económico, de calidad democrática, de protección de la naturaleza, entre otros, solo se puede conseguir con menos estado y más libertad económica, y por lo tanto con más mercado, los hechos y las evidencias son claros a este respecto.

Al igual que en los mercados conviene desarrollar un sentido “contrarian” mediante el cual debemos ser precavidos cuando todos compran y atrevidos cuando todos venden, en política también. Debemos ser escépticos y sospechar cuando los políticos, o cualquier colectivo, traten de alarmarnos con inmediatas o futuras catástrofes como medio para justificar cercenar nuestras libertades, aumentar el poder del estado y disparar los impuestos y el gasto público. Ellos siempre ganan y nosotros, la ciudadanía, siempre perdemos.

Desde hace doscientos años todas las alarmas con las que nos han amenazado o no se han materializado o no han tenido consecuencias catastróficas. Conviene desconfiar de los políticos y sus voceros y confiar más en nosotros mismos y en la capacidad de la sociedad civil para salir adelante y resolver los problemas en el marco de la sociedad de libre mercado sin la tutela opresora de los políticos y los burócratas.