El chicle y la Luna
Si fuéramos capaces de recuperar en la grabación de nuestros recuerdos los sonidos de los últimos años de la década de los sesenta, podríamos volver a escuchar, ahora con nostalgia, a los vendedores de golosinas y de horchata valenciana proclamando a voz en grito y con un entusiasmo fuera de lo común, en el entorno del Monasterio de El Escorial, que tenían, también, chicle americano. Quién iba a imaginar que hasta el humilde puesto de chuches de la Felisa, acurrucado en el suelo como un gato junto al corazón del viejo imperio, llegaría, menos de un siglo después de su popularización, la goma de mascar, es decir, la savia lechosa, seca, de la sapodilla, árbol conocido por los aztecas como chitcli, según explica Pancracio Celdrán en su Historia de las cosas. Añadiendo que fue el general Santa Anna quien lo llevó, en su exilio, precisamente a Estados Unidos, tras la derrota de México en la guerra contra ese país, y cómo enseguida había sustituido a las pastillas de parafina masticables que se vendían con el objetivo de calmar la ansiedad, pues las superaba con creces.
En la actualidad, el chicle, una vez que se ha descubierto agua en la Luna, se propone instalarse en ella. Para preparar el terreno, ha orbitado ya alrededor del satélite en la reciente misión Artemis II a bordo de la boca de uno de los astronautas, el piloto afroamericano Victor Glover, como hemos tenido ocasión de comprobar en las ilusionantes imágenes que se han retransmitido al mundo entero por los empleados de la NASA. Sin duda, mascar chicle en la cápsula espacial aliviará la presión de los oídos y calmará los nervios, si bien es lógico pensar que un profesional de esta categoría los deja en casa antes de lanzarse al espacio; en todo caso, la pregunta del millón sería por qué sus compañeros no lo masticaban. De lo que sí podemos estar absolutamente seguros es de que si la misión hubiera sido singapurense en lugar de estadounidense, no habríamos visto revolotear jamás un chicle entre los dientes de ningún astronauta, así como tendríamos la certeza absoluta -pongo la mano en el fuego de cualquiera de ustedes- de que la Luna, con este simple cambio en la jefatura de la misión, se mantendría siempre impoluta. Pero el programa no corre a cargo de la ciudad-Estado de Singapur, la más limpia del mundo, donde ser sorprendido in fraganti aplastando un chicle puede acarrear penas de cárcel. Es de presumir, por lo tanto, que a la bolsa de basura que dejaron flotando en la superficie lunar los tripulantes del Apollo XI que la pisaron, como muestra la primera fotografía obtenida tras el alunizaje, se vayan agregando otras, cual esas pelusas gigantes impulsadas por el viento en las películas del Lejano Oeste. Por fortuna, mientras no pavimenten el enorme descampado selenita, los chicles arrojados a ese suelo lo tendrán difícil para pegarse a la suela de los zapatos.