El burro delante
Hablar bien no es un capricho de eruditos, sino un acto de respeto que representa la raíz misma de la convivencia. Hablar bien es cortesía, por eso es fundamental saber ordenar nuestras palabras para poder establecer los afectos y los actos. La educación lingüística es fundamental porque nos recuerda que la palabra es la primera escuela de la convivencia.
Hay, sin embargo, frases que en una aparente inocencia revelan mucho en quienes las pronuncian. Una de ellas, infame y casi insolente, es ese «yo y fulano»; «yo y mi hijo»; «yo y mi equipo». Cuando lo escucho no sé si reír por no llorar o llorar por no reír, porque esa inversión del orden no es objeto de descuido, es el síntoma que refleja la educación doméstica de quien habla. Identifica un origen, ese lugar en donde no se corregía nada y en donde hablar mal era una costumbre, un mueble más en la casa.
No exageraré si afirmo que quien se nombra primero busca proclamarse —aunque no lo quiera reconocer— un poco superior. Parece un gesto diminuto, pero en realidad está cargado de una tremenda soberbia microscópica. La soberbia, no engañemos a nadie, es la levadura de todos los despropósitos, por eso la humildad comienza en la palabra, sabiendo que el otro existe antes de que uno tenga que invocar su propio ego. Comprender nuestro idioma también es saber que estamos en este mundo cuidando la rectitud, la bondad y la coherencia.
El lenguaje es, en cierto modo, un acto moral, por eso frente a este despropósito siempre se respondía con aquel refrán: El burro delante para que no se espante. Ahora, en cambio, parece que los burros exigen alfombra roja y aplausos. He leído a personas de provecta edad, ingenieros, abogados, profesores —completos dinamitadores de la gramática— decirse delante de otros. Y lo dicen convencidos de que así son más modernos y espontáneos. Por el contrario, algunos temblamos al escucharlo y pensamos que son vulgares lumbreras de la estulticia, indoctos satisfechos de su propia fosforescencia.
Parece una epidemia lingüística que ha colonizado tertulias, platós y también la calle. Personas a quienes se presume cultas se nombran a sí primero y lo hacen con total naturalidad. Ahora bien, en este instante no sé si atribuirlo a la decadencia de la enseñanza o a la simple pereza espiritual. Sospecho, no obstante, que allá donde no se enseñó a hablar, difícilmente se pudo enseñar a pensar.
Aquel que se antepone a otro en la frase, no nos engañemos, también quiere hacerlo en la vida. Aquellos que no saben ordenar una frase, difícilmente podrán organizar sus prioridades, por eso insisto —aunque me tilden de maniático— en la importancia de hablar bien y recordar que la palabra es la primera escuela de la decencia.
Enseñemos a nuestros hijos y también a los mayores que al decir «tú y yo» evitamos convertirnos en aquel burro que, por ir delante, termina creyéndose caballo.