Entre la ley y la honestidad

El ángel caído

Angel

“Es extraña la ligereza con que los malvados creen que todo les saldrá bien.”

 Víctor Hugo

En el Parque del Retiro de Madrid hay una escultura que, desde el primer momento, ha causado sentimientos encontrados, por razones muy diversas; más, tal vez, por motivos de oportunidad que artísticos, porque su factura técnica es impecable, una obra de arte premiada en su día, nacida de la imaginación y del talento de Ricardo Bellver. Se representa a Lucifer en el momento preciso de su derrota, precipitándose desde los cielos tras tener la muy desafortunada idea de creerse por encima de Dios. Una serpiente empieza a enroscarse por sus piernas, arrastrando al poderoso ángel hacia el abismo.

La obra, por cierto, para mí tiene un paralelismo muy notable -entre otras- con la famosa pintura del mismo protagonista, de la que es autor Alexandre Cabanel. Atendiendo a sus fechas, no descarto que ésta fuera una influencia para aquélla.

La nota que caracteriza al ángel caído de Madrid es la profunda rabia no contenida que desprende, porque el Lucifer de Cabanel está también rabioso, sí, pero con contención, más amargado ante la derrota que agresivo. En cambio, el de Madrid, en vez de pedir perdón, sabiendo perfectamente los vicios en que incurre, con altivez, mira hacia arriba, desafiante, abre la boca y uno es casi capaz de escuchar sus gritos de ira, sus blasfemias, su atrevimiento. La serpiente, que ya es extensión de su propio cuerpo, le empuja hacia abajo y Lucifer a su vez trata de tirar hacia arriba, se resiste a caer hasta el final, a reconocer su error, soberbio hasta la última consecuencia, rabiando a chillidos, negando la mayor y enfrentándose a la Luz.

Precisamente por esta actitud, con perfección reflejada en la escultura, es muy posible que surjan las reticencias o las incomodidades de algunos hacia ella. Y no me refiero al aspecto religioso, sino a que el ángel caído está representando un mal extendido y una forma de proceder muy propia y característica de quienes actúan en la vida de forma retorcida, delictiva o sencillamente proceden de mala manera en ciertos momentos y lo saben, siendo esa imagen elevada en el Retiro una especie de espejo suyo, un aviso de que aquél que ahí está hundiéndose en la oscuridad tiene una actitud que no resulta para nada extraña sino, por desgracia, en muchas ocasiones, hasta bastante familiar. Y basta con conocer ciertos ámbitos para comprobar que el mal y quienes lo causan -o, aún mejor, lo personifican- ante la realidad y las pruebas, niegan, gritan, mienten, cuestionan, calumnian e insultan a los valedores de la verdad, que encima los tienen que aguantar.

Esos son los ángeles caídos del día a día.