Los dos últimos capítulos del manual
La política nacional se decide hoy en los pasillos del Congreso, pero se vigila desde Madrid. El registro de la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil en la sede socialista de la calle Ferraz ha supuesto un cambio de rasante que amenaza con congelar el agua bajo los pies del Gobierno. Moncloa empieza a asumir que el relato de la persecución mediática ya no estira más y que el "Manual de Resistencia" original se ha quedado sin páginas. Para sobrevivir al cerco, Pedro Sánchez se ve obligado a escribir, de manera acelerada, los dos capítulos finales de su biografía política: el penúltimo se titula La cuestión de confianza; el último, Los Presupuestos Generales.
El penúltimo capítulo consiste en obligar a todo el bloque de investidura a mirar el abismo antes de sentarse a negociar el dinero público. Al someterse voluntariamente al veredicto de las Cortes, el presidente no busca un debate de ideas, sino activar el instinto de autoconservación de sus socios. Formaciones como Junts, el PNV o ERC se verían arrastradas a un dilema binario y televisado: o votan "sí" para sostener el andamio o pulsan el detonador que aboque al país a unas elecciones generales automáticas. Es la inversión total de la carga de la prueba; trasladar la culpa de la inestabilidad de las manos del Ejecutivo a las de sus propios aliados.
Esta pirueta previa persigue, además, despejar el camino para redactar el capítulo definitivo: la aprobación de las cuentas públicas. Negociar unos Presupuestos con el agua al cuello obliga al Gobierno a ceder competencias y recursos de manera agónica en cada enmienda. Sin embargo, si Sánchez logra salir blindado de la cuestión de confianza, el terreno de juego cambia. Una vez que los socios han votado públicamente a favor de la continuidad del presidente, resulta políticamente inexplicable tumbarle las cuentas un mes después. El éxito del penúltimo capítulo opera como un contrato de sumisión temporal para el último: si me salvas de la quema, estás obligado a financiarme el viaje.
Por supuesto, la maniobra se ejecuta sin red de seguridad. Bastaría con que Carles Puigdemont decidiera mirar hacia otro lado o que los nacionalistas vascos acusaran el vértigo de los sumarios judiciales para que el libro se cerrara de golpe con una dimisión obligada por el artículo 112 de la Constitución. Pero en el universo de Moncloa, el riesgo extremo siempre ha sido preferible a la parálisis. Obligar a los socios a firmar un pacto de estabilidad parlamentaria antes de abrir la caja de los Presupuestos es la última bala de plata que le queda a un Gobierno cercado por la UCO. Veremos si estos dos capítulos finales salvan la obra o suponen, definitivamente, el epílogo de la legislatura.