Los trabajos y los días

Donosa majadería

En la tradición de la Iglesia siempre se ha tenido muy claro que la política cristiana no puede consistir en invocar directamente los versículos evangélicos, como quien aplica el Código Civil. Tenemos numerosos ejemplos de frases de Jesús que hay que “interpretarlas” -¡ay, la exégesis!- para que tengan sentido. Como aquella que nos dice que, si nuestro ojo nos escandaliza, debemos arrancárnoslo, porque más nos vale entrar ciegos en el Reino de los Cielos, que ser arrojados con vista en la Gehenna (Mateo 5, 29). Los ejemplos se pueden multiplicar.

Los hombres del Siglo de Oro tenían tan interiorizada esta forma de ver la vida que cuando Don Quijote se encontró con una ristra de delincuentes condenados que iban a cumplir su castigo en galeras y pretendió ponerlos en libertad, la ocurrencia les pareció una “donosa majadería”. Recordemos las “razones” que daba Don Quijote para pretender soltar a aquellos reos convictos y confesos:

“Me parece duro caso hacer esclavos a quien Dios y naturaleza hizo libres, cuanto más, señores guardas, añadió Don Quijote, que estos pobres no han cometido nada contra vosotros, allá se haya cada uno con su pecado. Dios hay en el cielo que no se descuida de castigar al malo, ni premiar al bueno”.

 No me negarán que, para un oído piadoso, el argumento sonaba estupendamente. Pero la pretensión quijotesca era, en verdad, una “donosa majadería”, como lo sería igualmente pretender abolir los tribunales por aquello del “no juzguéis” y suprimir los castigos aferrándonos al mandato “perdona nuestras ofensas”. ¿Quiere esto decir que Jesús hablaba siempre con metáforas y que su mensaje es inaplicable? Evidentemente no, pero nos faltaría espacio si quisiéramos desarrollar todo este complejísimo asunto.

Ya en el siglo XVIII, nuestros impíos ilustrados comenzaban a culpar a los frailes de la miseria existente en muchos pueblos de España. Ellos aducían que la generosidad de los conventos, en los que se servía la “sopa boba”, fomentaba la ociosidad y la picaresca. En consecuencia, las autoridades sacaron ordenanzas que pretendían prohibir la mendicidad y recluir a los pedigüeños en asilos y hospitales. Lo curioso es cómo un clérigo de la época sabía reconciliar estos dos puntos de vista aparentemente antagónicos -los de la Iglesia y los del Estado- pero que en el fondo se complementaban:

“Es de la incumbencia del magistrado desembarazar las calles de pordioseros; mi deber es dar limosna a quien la pide”.

Los señores obispos de 2026 deberían saber que la caridad con el prójimo no exige acoger en nuestra casa a toda África y a media América, sin perjuicio de que nuestro deber como cristianos sea atender a los que están a nuestro lado. Dios y el César tienen ámbitos separados que no tienen que ser plenamente coincidentes. 

Más aún, lo que debería preocupar a los prelados es por qué últimamente coinciden más con aquellos que quieren borrar de nuestra sociedad toda huella cristiana que con sus propios fieles. ¿No se estará intentando contentar a aquel de quien depende el sustento o, dicho de otro modo, la asignación tributaria? En tal caso -Dios no lo quiera-, aquí habría algo más que una simple “majadería”.