¿Dónde están los Cafés de Madrid?
La reconversión del Café Gijón en un local gastronómico de lujo, así como el cierre de la cafetería Hontanares de la calle Sevilla, la última de nuestras cafeterías históricas, me llevan a reflexionar sobre la importancia de los cafés en Madrid.
El café madrileño surge en 1820, durante el Trienio Liberal. Durante el siglo XIX, el café fue el escenario principal de la vida política y cultural madrileña. Antes de los cafés existieron las botillerías, lugares elegantes en los que servían refrescos, helados y meriendas. De hecho algunas botillerías, como las del Príncipe o la de Pombo, pasaron a llamarse cafés, dado el éxito de estos.
La mayor parte de los cafés decimonónicos estaban en el triángulo formado por la Puerta del Sol, la calle de Alcalá y la Carrera de San Jerónimo. Solo en la Puerta del Sol había siete cafés: (Lisboa, Levante, Lorenzini, La Montaña, Universal, Colonial y Oriental) La calle de Alcalá, desde Sol hasta la Puerta de Alcalá era una sucesión de cafés con sus correspondientes terrazas donde se reunía el todo Madrid. Cafés como el Madrid, el Regina, el Fornos, el Suizo, el Lyon, el Marfil, el Negresco, La Granja del Henar, etc. pasaron a mejor vida cuando los bancos, las aseguradoras y los ministerios se apoderaron de la principal zona de ocio y socialización de los madrileños.
Tan solo nos quedan unas pocas muestras de los cafés centenarios: El Gijón, el Comercial, el Barbieri y la Pecera del Círculo de Bellas Artes, aunque en estas joyas de la tradición cultural madrileña, las tertulias han sido sustituidas por las comidas y cenas.
Durante la edad de plata de la cultura española, que transcurre desde el final del siglo XIX hasta la Guerra Civil, los mejores escritores españoles e hispanoamericanos hicieron de los cafés madrileños el principal foco irradiador de la literatura en castellano. Los escritores acudían a los cafés porque allí podían conectar entre ellos y con los editores de periódicos, revistas y libros que les podían contratar. Por otra parte, en los cafés se estaba más calentito que en las gélidas pensiones donde se alojaban los literatos venidos de las provincias y de ultramar a intentar triunfar en la capital del reino. También los artistas, los periodistas, los actores, las asociaciones y los gremios profesionales se reunían en los cafés. ¿Habría podido florecer esta maravillosa vida cultural si los cafés hubieran sido locales gastronómicos de lujo?
En los años cincuenta el café comenzó a ser sustituido por la cafetería, un local más moderno, de inspiración norteamericana, donde los clientes ya no iban a pasar la tarde, sino una hora como máximo, porque la vida se había acelerado. Hubo cafeterías espléndidas, con unos diseños innovadores, donde un público que aún poseía el orgullo de vestirse con elegancia disfrutaba de sus ratos de ocio antes o después de asistir al cine, al teatro o al concierto. Cafeterías como Zahara, Nebraska, California, Manila, Fuima, etc. han ido cerrando una detrás de otra.
Durante la Transición a la Democracia, hubo un auge de las tertulias. La gente tenía ganas de hablar, tras cuarenta años en los que había que bajar la voz para pronunciar la palabra Libertad. Entonces surgió un nuevo tipo de café que imitaba a los cafés históricos, buscando mobiliario de época para decorarlos. Cafés como el Ruiz (el primero de esta serie, abierto en 1977), el Manuela, el Despertar, el Parnasillo, la Fídula, la Aurora, el Real, el Nuncio, Isadora, Ajenjo, etc. fueron testigos del proceso democrático y del encuentro de los sectores más creativos de la Movida Madrileña.
En los años noventa, los cafés de la Transición dan paso a los cafés de estilo pop, en los que se quería recuperar la España de los años sesenta y setenta. Gran parte de su decoración estaba rescatada de los contenedores callejeros.
La llegada del siglo XXI supone la invasión de las cafeterías tipo franquicia, cuyo ejemplo más representativo es Starbucks. Starbucks abre su primer local europeo en Madrid en 2002. Su modelo de negocio es imbatible, porque son los clientes los que tienen que recoger el café en la barra, con lo que se ahorran el sueldo de los camareros, y no hace falta lavar la vajilla, porque ahora el café te lo sirven en una especie de biberón de plástico o de cartón.
Otro modelo de negocio del siglo XXI es la cafetería-panadería-pastelería, con toda una serie de tiendas y franquicias que colonizan los barrios madrileños. Unas son mejores que otras, pero muchas de ellas solucionan las reuniones de la gente mayor, que se había quedado sin cafés donde juntarse.
En tercer lugar, surge el mini-café, un lugar diminuto en el que te sirven cafés de calidad a precios un tanto elevados. Suelen ser locales minimalistas, con algún taburete en el que difícilmente puedes aguantar más de un cuarto de hora sin que te empiecen a doler las posaderas.
En cualquier caso, si buscas en Madrid un café donde poder celebrar una tertulia, lo vas a tener extremadamente difícil. Los cafés actuales no son aptos para la conversación por varias razones. En primer lugar porque muchos de ellos están diseñados expresamente para evitar la charla, y lo que quieren es que consumas, pagues y te largues lo antes posible. Las mesas suelen ser diminutas, para una o dos personas, la música ambiental es atronadora, los camareros, mal pagados, desconocen los rudimentos de su oficio, y siempre hay ruido, mucho ruido. Es inconcebible que en España siga sin existir la Educación Cívica, y que se considere normal hablar a grito pelado en los locales públicos. Pero esa es la realidad.
Por otra parte, en todos los sitios quieren darte de comer, sea la hora que sea, dando por hecho que los españoles modernos no tienen ninguna otra misión o tarea en la vida que la de comer. El español Quijote, amigo de la filosofía y la tertulia, ha dado paso al español Sancho, que solo vive para comer. Ya lo decía el hidalgo de La Mancha: «Come, Sancho, hijo, come, tú que no eres caballero andante y que naciste para comer»