El liberal anónimo

El Doctor Víctor Manuel: Elogio a un converso

Cantantes, actores y aristócratas son especímenes dignos de una tesis. Diría de ellos que son los conversos permanentes. Dogmáticos testarudos e impermeables a la evidencia, criaturas mudas de credo político, aunque siempre hay alguno que cambia de chaqueta. Ejemplo notable es el nuevo Doctor Honoris Causa, Víctor Manuel, un personaje que ayer cantaba loas al orden establecido con voz de ruiseñor agradecido, pero hoy se proclama hijo predilecto de la eterna resistencia. Sorprende, sin duda, que además lo hace con esa soberbia de quien cree que ha sido tocado por el dedo divino. 

No es raro encontrar personajes como nuestro aplaudido Víctor Manuel, quien dedicó su juventud a entonar himnos de gratitud al «gran hombre» —a ese benefactor que, según vocalizaba, había labrado caminos, sembrado paz y hasta les había evitado invasiones— Décadas más tarde, sin ningún esfuerzo, descubre que ha sido un paladín clandestino de la libertad. Y ahora, cuando uno escucha sus nuevas proclamas, duda si admirar su capacidad de «reinvención» o si es mejor solicitar a la RAE que añada el verbo «desdecirse» a su acostumbrado y habitual atropello lingüístico.

Pero el fenómeno viene acompañado de una compleja metamorfosis porque ahora son la pareja. Tan diligentes, que aparentan ser la viva imagen de unos humildes catequistas de barrio. Víctor Manuel, que antaño fue guía agradecido y cantor, dócil cordero que vio la luz resulta que ahora abraza con fervor la causa recién descubierta. Aquel que en tiempos veía paz, ahora solamente ve opresión. Víctor Manuel que agradecía caminos labrados, resulta que hoy denuncia tiranías. El mismo que alababa la continuidad, ahora cargado de millones, pide rupturas. Sin duda, la coherencia de algunos próceres es un perfecto lujo burgués.

Lo más admirable —y permítaseme la ironía— es esa naturalidad con la que se presentan ahora él y ella, ella y él, ambos a dos, porque en este instante son los perfectos «antifranquistas de cuna». Diría también, a mi entender, que me recuerdan a aquellos que iban con los de la feria y volvían con los del mercado. 

No querría juzgarles, y por mí que cada cual baile con la música que más le guste, pero sí quiero reivindicar mí derecho a reírme. Hay algo en nuestra forma de ser que es profundamente español, casi entrañable, y es ver cómo los «conversos famosos» cuentan mentiras. Dicen que estuvieron donde nunca estuvieron y también dijeron cuando jamás dijeron, aunque debo de reconocer que en el caso del Doctor Víctor Manuel es verdad que no dijo, porque en realidad él cantó.

Insisto en que cantantes, actores y aristócratas son especímenes dignos de estudio, quizá sean un talento nacional o tal vez una simple pantomima. Yo continúo escuchando sus críticas, las de «Víctor Manuel y sus colegas», también sigo leyendo sus ocurrencias y, por supuesto que le criticaré, pero pese a todo afirmaré que pocas cosas me alegran tanto como oír sus mil mentiras con voz apasionada y acompañado de una guitarra española.