Cuando fuimos peces

El día que Aranda vio al gigante

En 1776, mientras trece colonias al otro lado del Atlántico proclamaban su independencia, Europa observaba el experimento con una mezcla de simpatía, cálculo y prevención. España y Francia, viejas potencias de un mundo que ya empezaba a resquebrajarse, ofrecieron apoyo decisivo a aquellos insurgentes que hablaban de libertad, representación y derechos naturales. No lo hicieron por romanticismo: lo hicieron porque la geopolítica, como el agua, siempre busca su cauce.

Entre quienes mejor entendieron lo que estaba naciendo estuvo el conde de Aranda. Diplomático fino, lector atento de los vientos de la historia, dejó escrito un aviso que hoy resuena con la claridad de una campana: Estados Unidos —decía— crecería, se volvería gigante y olvidaría los beneficios recibidos para pensar sólo en su propio engrandecimiento. No era una maldición, sino una constatación de la lógica de los imperios. Los peces pequeños recuerdan; los grandes, rara vez.

Doscientos cincuenta años después, su advertencia parece menos una profecía y más un diagnóstico precoz. El país que nació necesitando la ayuda de otros se convirtió en una potencia que dicta ritmos, fija agendas y, a veces, olvida que también fue criatura frágil. Pero sería injusto reducir la historia a un simple “ya lo dijo Aranda”. La independencia estadounidense inauguró una era en la que las ideas viajaron más rápido que los barcos, y en la que los pueblos comenzaron a imaginarse dueños de su destino. España, aunque a menudo lo olvide, formó parte de ese parto.

Aranda no escribió contra Estados Unidos. Escribió a favor de la lucidez. Y, con el paso de dos siglos y medio, su diagnóstico suena menos a advertencia y más a retrato al óleo. El gigante creció, se fortaleció, se envolvió en principios universales… y, como él anticipó, olvidó con notable soltura a quienes le sostuvieron la cuna. No por maldad: por esa inclinación tan humana —y tan imperial— a recordar sólo lo que conviene.

Así que celebremos, sí, la independencia del gigante. Pero celebremos también —y quizá con un brindis más largo— la clarividencia de Aranda, que supo ver el futuro con la calma de quien ya ha asistido a demasiados nacimientos imperiales. Al fin y al cabo, pocas cosas envejecen mejor que una advertencia acertada. Y pocas resultan tan incómodas como recordarle a un gigante que, antes de caminar solo, alguien tuvo que enseñarle a no caerse.