La desinformación en la red no nos engaña porque sea buena, sino porque somos humanos
Tras las Navidades, muchas comidas familiares han compartido un patrón común: en algún momento, alguien ha sacado el teléfono móvil para mostrar una noticia, un vídeo o un mensaje que “está circulando por la red”. No suele presentarse como una opinión, sino como un hecho. No se contrasta. No se cuestiona. Se acepta como información válida porque reduce la incertidumbre del grupo y ofrece una explicación inmediata.
Ese gesto cotidiano —aparentemente inocuo— resume mejor que cualquier informe el problema al que nos enfrentamos: la desinformación en la red se ha integrado en nuestra conducta diaria como una respuesta automática, no como una decisión consciente.
No entra por la fuerza ni por el engaño burdo. Entra porque se presenta en un entorno de confianza, en un momento de distensión y a través de una pantalla que consultamos de forma casi refleja. Desde el punto de vista conductual, el cerebro prioriza la pertenencia y la coherencia grupal frente a la verificación racional. Y, una vez dentro, activa emociones antes de que tengamos tiempo de activar el pensamiento crítico.
En la red, hoy, no hace falta que una información falsa sea técnicamente impecable.
Solo necesita parecer verosímil, alinearse con creencias previas y circular con rapidez. Nuestro sistema cognitivo tiende a aceptar aquello que encaja sin fricción en su marco mental.
Ese es el verdadero riesgo de la desinformación en la red: no se dirige a personas desinformadas, sino a ciudadanos conectados, expuestos y emocionalmente implicados. La conducta no está guiada por la búsqueda de verdad, sino por la reducción de disonancia cognitiva.
Durante años se ha insistido en que el antídoto frente a la desinformación es la alfabetización digital. Sin restarle importancia, esta visión resulta insuficiente. El problema no es únicamente técnico ni educativo. Es cognitivo y humano. Las decisiones informativas en la red se toman bajo atajos mentales, no bajo análisis deliberado.
Nuestro cerebro no está preparado para un entorno digital que:
• Premia la velocidad frente a la reflexión
• Prioriza la emoción frente al contexto
• Refuerza la afinidad frente a la veracidad
• Convierte la repetición en apariencia de verdad
En la red no nos engañan: participamos
La desinformación en la red no opera como la mentira tradicional. Funciona como un producto diseñado para maximizar difusión.
Adopta la forma de:
• Titulares alarmistas
• Vídeos breves sin contexto
• Audios reenviados en cadenas privadas
• Imágenes reales utilizadas para contar historias falsas
• Mensajes que aparentan cercanía o autoridad
En este ecosistema, el usuario deja de ser un receptor pasivo y se convierte en vector de propagación. Desde el análisis de conducta, compartir refuerza la identidad y genera una sensación inmediata de control y pertenencia.
No compartimos únicamente aquello que creemos cierto, sino aquello que:
• Refuerza nuestra visión del mundo
• Confirma nuestras sospechas
• Genera indignación o alarma
• Nos sitúa moral o ideológicamente
La desinformación en la red no se sostiene por su rigor, sino por su capacidad de activar respuestas emocionales inmediatas. La emoción precede a la evaluación, y una vez compartido el contenido, el compromiso cognitivo aumenta.
El sesgo digital invisible
Uno de los factores más peligrosos de la desinformación digital es la percepción de inmunidad. La creencia de que “a otros les engañan, pero a mí no”.
Sin embargo, la evidencia es clara: la formación no protege frente a la desinformación, solo cambia su formato.
Cuanto mayor es la seguridad subjetiva en el propio criterio, menor es la probabilidad de verificación.
Las personas con mayor nivel educativo o profesional tienden a caer en contenidos:
• Más elaborados
• Con apariencia técnica
• Firmados por supuestos expertos
• Alineados con sus marcos ideológicos o profesionales
La desinformación en la red no explota la ignorancia, sino la certeza. Desde la conducta, la convicción previa actúa como filtro selectivo de la información entrante.
Claves mínimas para reducir el impacto de la desinformación en la red
No se trata de desconfiar de todo, sino de introducir fricción cognitiva en nuestros hábitos digitales. Algunas pautas esenciales:
• Desconfiar de contenidos que provocan una reacción emocional inmediata en la red
• Sospechar de la urgencia, el exclusivismo y la narrativa de ocultación
• No compartir información digital sin haberla verificado personalmente
• Comprobar el origen y el contexto de imágenes, vídeos y audios
• Cuestionar también aquello que confirma nuestras propias creencias
• Normalizar la pausa: interrumpir el impulso es una intervención conductual básica
La verdadera defensa: humildad cognitiva en la red
La desinformación en la red no se combate solo con tecnología, regulaciones o plataformas. Se combate con conciencia de vulnerabilidad. Reconocer nuestros sesgos reduce su efecto. Negarlos los refuerza.
Asumir que podemos equivocarnos, que podemos ser manipulados y que nuestro criterio se ve afectado por el entorno digital no es una debilidad: es una condición necesaria para la seguridad informativa.
Porque el reto no es evitar que la desinformación llegue a nuestras pantallas.
El verdadero reto es no convertir una reacción automática en una acción consciente que propaga el daño.