Desclasificación
“Existe, por tanto, más allá de toda duda, algo que no se puede pensar más grande que existe tanto en el entendimiento como en la realidad.”
San Anselmo de Canterbury
Dentro del constante fluir de los acontecimientos mundiales y de las correspondientes noticias sobre ellos, como si se tratase de un mar embravecido que arrastra con su oleaje al barco de la opinión pública, recientemente ha surgido una cuestión a la que, tal vez, no se le está dando la debida importancia, y ello por cuanto puede estar considerándose una excentricidad atendiendo solo y simplemente a su origen.
Me refiero a la iniciativa de proceder a revelar a la humanidad archivos de diversa naturaleza (documentales, audiovisuales, testimonios) sobre los fenómenos anómalos no identificados, que incluyen todo tipo de experiencias con estos eventos, no reducidas a los objetos voladores, sino también a aquellos que emergen de las aguas e incluso con sus posibles tripulantes. Se especula con que, de forma gradual, la información desclasificada irá subiendo en intensidad hasta llegar al momento culminante de la demostración, como hecho incontrovertido, de la vida inteligente extraterrestre y de su comunicación con el ser humano.
Expresaba antes que, desde mi punto de vista, esta iniciativa no ha recibido la relevancia que realmente tiene. Muy posiblemente se cuestione desde la fehaciencia hasta la verdadera intención de exponer ante la humanidad estos hechos que en el fondo siempre han estado presentes y muy latentes en la curiosidad propia de una especie avanzada como es la nuestra.
Dejando aparte aquellas consideraciones que pretenden deslegitimar la desclasificación solo atendiendo a que su difusión tiene lugar a instancia de Estados Unidos, en el mundo en el que nos movemos en este siglo XXI, por desgracia, se ha llegado a un nivel de confusión y de cuestionamiento de la realidad, alentado desde el poder (de derecho y fáctico) que hace francamente difícil confiar en la verdad de aquello que se presenta como legítimo. Se habla, incluso, desde que la desclasificación es una especie de estrategia inversa que trataría de ofrecer estos hechos mezclando informaciones verdaderas con otras falsas para generar finalmente un desencanto generalizado, trivializar así el asunto y restarle peso -al tiempo que la realidad no deja de ser la que es, y mejor que permanezca oculta para evitar un colapso de muchas ideas consolidadas y, sobre todo, de muchos poderes tremendamente acomodados-, hasta que todo formaría parte de un proyecto de mayor alcance con el fin de preparar al ser humano para un encuentro en teoría no muy amistoso con otras vidas y propiciar un conflicto de resistencia frente al invasor, cuando realmente esas otras vidas no suponen ninguna amenaza, sino, muy por el contrario, una liberación de los poderes en la sombra, los verdaderamente peligrosos, malignos y muy consolidados en nuestro entorno.
Sin dejar de poner de manifiesto que el uso de las cortinas de humo -con la pretensión de orientar el pensamiento de la sociedad hacía una dirección precisa o con la finalidad de que así no se hable ni se piense sobre otras cuestiones muy graves- desde Maquiavelo a Habermas es algo más que conocido, esta iniciativa sí que debiera llevar a la profunda reflexión sobre la naturaleza humana, sobre su grandeza pero también sobre sus límites, para asumir, con humidad, que aquello que no se entiende no significa, en absoluto, que no pueda existir, como la metafísica lleva milenios enseñando. Si solo se consiguiera esto, la desclasificación sería un acontecimiento memorable