Reflexionando en la rebotica

La deriva del sistema de partidos políticos

En la rebotica de la política española se respira un aire enrarecido. Lo que nació para representar a la ciudadanía y articular la pluralidad democrática ha terminado convirtiéndose en un espacio cerrado, donde dos grandes partidos se reparten por turnos y territorios el poder. Y mientras tanto, mucha gente siente que la política discurre lejos de su vida real.

Estas dos formaciones han ejercido una hegemonía que ha ido derivando en un reparto de cargos, instituciones y equilibrios que se extiende hasta el último ayuntamiento. La alternancia, que debería ser una oportunidad para corregir errores y renovar ideas, se ha convertido en un quítate tú que me pongo yo. Las reglas parecen diseñadas para proteger los intereses propios y los de quienes orbitan alrededor del poder.

Esta dinámica ha generado una incapacidad preocupante para alcanzar acuerdos en cuestiones esenciales y de estado. Temas que deberían unirnos se han convertido en trincheras. Y la ciudadanía, cansada de ver cómo se bloquea lo importante, se aleja cada vez más de quienes deberían representarla.

A todo esto, se suma la polarización. Incapaces de cooperar, los partidos mayoritarios han optado por levantar muros, señalar enemigos y dividir a la sociedad en bloques irreconciliables. El antiguo eje derecha-izquierda, cada vez menos útil para entender un mundo complejo, lo mantienen vivo porque moviliza emociones y fideliza votantes. Pero no resuelve nada.

Ese desgaste ha abierto la puerta a partidos emergentes y más radicales. Su mensaje, aunque a veces simplista, conecta con un malestar real, la sensación de que los partidos viven de espaldas a los problemas cotidianos. 

El problema de fondo es que la política española ha dejado de ser un espacio de deliberación pública para convertirse en un mercadeo de intereses. Los partidos parecen más preocupados por mantener sus redes de influencia que por ofrecer soluciones. Mientras tanto, la ciudadanía observa cómo se multiplican los gestos simbólicos y las batallas partidistas, pero escasean las políticas que afectan de verdad a la vida diaria: vivienda, empleo, sanidad y educación.

Ser crítico con este sistema no significa rechazar la democracia. Al contrario, es desde el respeto a las instituciones desde donde debemos exigir su regeneración. Necesitamos partidos capaces de dialogar, de reconocer que el adversario no es un enemigo y de anteponer el bien común a los cálculos electorales. Sin transparencia, responsabilidad y capacidad de acuerdo, el sistema seguirá debilitándose.

La salida no pasa por multiplicar siglas ni por alimentar la polarización, sino por recuperar la esencia de la representación democrática. Eso implica limitar el clientelismo, reforzar la rendición de cuentas, blindar consensos básicos, fomentar la participación ciudadana más allá del voto y superar etiquetas ideológicas que ya no explican el mundo.

En la rebotica, estas ideas nacen en voz baja, pero deseo que no se queden aquí. Ojalá se conviertan en conversación, en exigencia colectiva, en una pequeña ola regeneradora. Porque este país merece una política a la altura de su gente.