Los colores del prisma

La democracia de Colombia, otra vez a prueba

El 7 de agosto, Abelardo de la Espriella asumirá la Presidencia de la República. Así lo decidieron las urnas el pasado 21 de junio y lo certificaron las autoridades electorales. Sin embargo, buena parte del debate político continúa como si la campaña no hubiera terminado. Mientras el nuevo gobierno prepara su llegada, el presidente saliente insiste en defender su legado y cuestionar el resultado electoral, y la jefatura de la oposición continúa en un ambiente de creciente confrontación sin debate.

Los hechos son conocidos. De la Espriella llega con interrogantes sobre aspectos que deberán ser esclarecidos por las autoridades competentes. Petro abandona la Presidencia sin renunciar a la influencia política que aspira a conservar sobre su movimiento y sobre la opinión pública. Iván Cepeda Castro enfrenta el desafío de liderar una oposición firme sin convertir la movilización social en un obstáculo para la gobernabilidad. Ninguno de ellos tiene derecho a sustraerse del escrutinio democrático.

El ambiente se ha tensado más con declaraciones que alimentan la polarización. El presidente electo ha manifestado su disposición a colaborar con una eventual investigación de las autoridades de Estados Unidos contra Gustavo Petro e, incluso, a atender una hipotética solicitud de extradición si llegara a producirse. Cepeda ha rechazado esa posición. Más allá de la viabilidad jurídica de semejante escenario, el solo hecho de que esa posibilidad ocupe espacio en el debate público revela hasta qué punto la confrontación amenaza con enrarecer más el clima político del país.

La democracia no termina cuando se cuentan los votos. Allí apenas comienza su prueba más exigente. Gobernar no consiste en prolongar la campaña desde el poder, como tampoco hacer oposición significa apostar al fracaso del gobierno para obtener una ventaja política. Una democracia madura exige que quienes ganan entiendan que no recibieron un cheque en blanco y que quienes pierden acepten que el control político debe ejercerse dentro de la institucionalidad.

En Colombia existe una preocupante tendencia a gobernar mirando por el espejo retrovisor. Los gobiernos entrantes encuentran en la herencia recibida la explicación de todos los problemas, mientras los salientes buscan preservar su relato atribuyendo las dificultades futuras a quienes llegan. Esa dinámica puede ofrecer réditos políticos de corto plazo, pero tiene un alto costo para el Estado y para los ciudadanos, que terminan pagando el precio de una confrontación nada deseable.

El país necesita otra actitud. De la Espriella tendrá la responsabilidad de demostrar que sabe gobernar para todos y no únicamente para quienes votaron por él. Cepeda tendrá la oportunidad de demostrar que es posible ejercer una oposición vigorosa, inteligente y responsable. Petro podrá defender su legado y participar en la vida pública, pero también deberá comprender que la fortaleza de la democracia se mide, entre otras cosas, por la capacidad de facilitar una transición institucional y permitir que el nuevo gobierno ejerza plenamente el mandato que recibió en las urnas.

Colombia enfrenta desafíos demasiado profundos para seguir atrapada en una campaña permanente. La inseguridad, el crecimiento económico, el empleo, la salud, la educación y la confianza en las instituciones no admiten pausas mientras la dirigencia política prolonga la disputa electoral. Las campañas dividen por naturaleza. Los gobiernos existen para resolver problemas. Las oposiciones están llamadas a vigilar y controlar, no a destruir.

Buscando un símil para explicar lo que hoy ocurre en Colombia, nada mejor que recurrir al fontanero que llega a reparar ductos en una vivienda. Puede señalar los errores de quien instaló mal la tubería, pero nadie lo contrata para escuchar explicaciones sino para que vuelva a correr el agua. El país espera que Abelardo de la Espriella corrija los daños que denuncia; que Gustavo Petro reconozca que dejó asuntos sin resolver; y que Iván Cepeda ejerza una oposición vigilante sin impedir que la reparación avance. Los colombianos necesitan soluciones, no una discusión interminable sobre quién dejó abierta la llave.

Las urnas ya hicieron su trabajo. Ahora les corresponde a los dirigentes hacer el suyo. Colombia ya decidió quién gobernará. Lo que todavía está por demostrarse es si su dirigencia política sabe convivir con la democracia. Porque si Colombia sigue viviendo en polarización, el verdadero derrotado no será un presidente, un expresidente o un jefe de la oposición. Será, una vez más, el país. Comentarios a jorsanvar@yahoo.com de la Red Internacional de Periodistas RIP.