Demasiados pirómanos en los partidos políticos
El comienzo del verano es sinónimo de descanso, de desconexión de la dura realidad del día a día para millones de ciudadanos que, haciendo equilibrios con una economía cada vez más ajustada, logran rascar unos días al calendario para acercarse al mar o a la montaña y olvidarse, aunque solo sea por un tiempo, de los problemas que, inexorablemente, les esperan al regreso de sus vacaciones.
En verano, por otra parte, suele establecerse en el mundo de la política una especie de tregua que se rompe con la llegada del otoño. La charca en la que se ha convertido el otrora noble arte de mejorar la vida de los ciudadanos ha alcanzado unos niveles de inmundicia que superan, semana tras semana, la capacidad de asombro del ciudadano de a pie.
Esa capacidad de sorpresa se ha agotado hasta el punto de que cada nueva imputación de un político del entorno gubernamental supera a la anterior. Ministros, jefes de gabinete, presidentes de empresas públicas, familiares, la esposa, el hermano, las hijas e incluso el hasta ahora intocable faro de la izquierda militante, el expresidente Zapatero, ocupan las portadas de la prensa española y extranjera.
«¿Puede pasar algo más?», se pregunta el agobiado contribuyente.
Y la respuesta es sí.
Llega el verano y, con él, los inevitables incendios: tragedias medioambientales y personales que, en demasiadas ocasiones, se cobran vidas humanas. El destrozo ocasionado por el fuego es inmenso. No solo transforma el paisaje durante décadas, sino que destruye explotaciones agrícolas, viviendas que representan el esfuerzo de toda una vida y, lo que es peor, acaba con vidas humanas.
El incendio de la provincia de Almería ya se contabiliza como el peor de lo que llevamos de siglo. Ante una desgracia de esta magnitud, al ciudadano solo le cabe esperar una reacción inmediata y coordinada de las distintas administraciones. Sin embargo, una vez más, tiene que asistir, asqueado, al espectáculo de quienes son capaces de aprovechar una tragedia para intentar obtener rédito político.
El maestro en esta deleznable práctica es el ministro Óscar Puente, habitual portavoz de la estrategia de confrontación del Gobierno, quien se apresuró a acudir a las redes sociales para culpar al Gobierno andaluz por no haber emitido una alerta que los propios técnicos habían desaconsejado.
Frente a él, la réplica llegó del inefable Miguel Tellado, secretario general del Partido Popular. Sin esperar a conocer todos los datos, culpó al Gobierno central, demostrando que, cuando se trata de sacar ventaja política, la ocasión siempre la pintan calva.
Frente a estos dos lamentables dirigentes, es justo reconocer la ponderación con la que se han pronunciado el presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno, y el ministro Bolaños, anteponiendo el entendimiento y la cooperación institucional.
Sobran pirómanos en los partidos políticos. Sobran en el PSOE, donde la nómina es extensa, y sobran también en el PP, del que los ciudadanos esperan un cambio de actitud cuando llegue al Gobierno.
El primer caso parece no tener remedio; solo cabe esperar que una derrota electoral reconduzca al PSOE hacia las posiciones que históricamente lo convirtieron en un partido imprescindible para la democracia española. En el segundo, Feijóo aún está a tiempo de formar un equipo del que desaparezcan quienes contribuyen a profundizar en la polarización política a la que nos han conducido ocho años de gobierno de Pedro Sánchez.
Mientras los bomberos arriesgan su vida para apagar los incendios, muchos políticos avivan los incendios de la confrontación. Y en estos fuegos se quema la democracia.