Delcy Rodríguez: Equipaje no declarado
Las grandes mentes, ya se dice, son igual de pervertidas. —Juan José Escudero
Permítaseme que en estos tiempos de decadencia moral y alto exceso de confianza, dedique unas líneas a la excelsa Delcy Rodríguez, soberana de Venezuela por viudedad caprichosa y cuya figura —etérea para algunos y sospechosamente corpórea para otros— ha animado tertulias y resuena en cafés, ateneos, parques, terrazas e incluso en vagones de tercera clase.
Delcy, bien parece nombre de personaje de novela picaresca que uno podría imaginar en algún recodo de una carretera Nacional camino a Cuenca, así que sólo podemos esperar algo bueno de ella. Y no es para menos, porque pocos gobernantes han sabido conjugar con tanta naturalidad el estudio y la ciencia de equipajes tan fecundos como inquietantes.
Porque, dígase lo que se diga, en realidad Delcy Rodríguez no viaja, invade discretamente. En su célebre visita a España posó su regio trasero en la villa y corte acompañada de un equipaje tan abundante como comentado, tanto que alimentó más rumores que certezas. No es cuestión de negar a la augusta señora sus caprichos, pero cuando el equipaje supera en número a los habitantes del país anfitrión, uno empieza a preguntarse si en esos bultos no habría más secretos que vestidos. Y si además, la bienvenida viene de la mano del socialista Ábalos y su otro yo, Koldo, entonces sobran motivos para recelar.
La señora Rodríguez posee una singular inclinación por los territorios vedados. Mientras otros mandatarios buscan rutas seguras, ella se siente atraída por los espacios prohibidos, ¡sabe bien de estas cosas! ¿Es valentía o temeridad? Quizá simple cálculo, porque Delcy domina a la perfección el arte de aparecer donde no debe y entrar donde no se le invita.
No faltan quienes murmuran —en voz baja, no vaya a ser que las maletas tengan oídos— que la lideresa mantiene tratos con personajes de reputación dudosa. Puteros, ladrones, sabandijas, expresidentes e incluso astrónomos que juran haber visto más de lo que desearían. Es un imán de la sospecha.
Desde la detención de su amado líder —en un suceso tan inoportuno que hasta los mismísimos poetas ganimedianos debaten si fue tragedia o estrategia— la lideresa se ha consolidado en un poder que, más que sólido, parece viscoso. Es algo difícil de definir pero imposible de ignorar. Ministros que la alaban, subordinados que la temen y un pueblo que aguarda —con tremenda paciencia— un porvenir menos incierto.
Los observadores, resignados, seguiremos atentos a sus próximas gestiones, preguntándonos qué secretos guardan sus viajes y qué silencios viven en su nuevo y reluciente palacio. Es posible que, llegado el momento, descubramos que ha marchado a otro destino más incierto, dejando tras de sí un reguero de equipajes metafóricos y preguntas sin respuesta, pero también cargando una generosa mochila con un parche que dice “Reward”.
Hoy lo que define a Delcy Rodríguez no es su nombramiento, ni su biografía oficial, tampoco sus maniobras políticas ni aquella “viudedad providencial”. Lo que verdaderamente la caracteriza es su prodigiosa capacidad de convertir cada gesto en una sospecha. Cuando aparece, no es necesario mirar al cielo, porque ya se sabe que algo turbio viene en camino. Ella funciona casi como la baliza V-16, porque es una señal discreta que no se ve, pero que sugiere que el porvenir podría torcerse aún más.