Cumpleaños: ruido, gastos y penitencia
Todos los niños vienen con un pan debajo del brazo. —Anónimo, que no conocía los cumpleaños
Nos hicimos padres y como suele ocurrir en las grandes tragedias, todo comenzó de manera idílica. Vestiditos, patucos, chupetes relucientes y una vida en miniatura, la vida prometía dulzura eterna. Pero pronto llegaron los lloros, los biberones, los vómitos, los sueños y esos pañales que no dejan de recordarnos al volcán Kilauea. Asombra ver todo lo que cabe dentro del niño.
Los pequeños crecen, caminan, sonríen, ¡ya funcionan! En este momento uno cree que ha superado la parte más difícil, pero llega el colegio. Con este instante también llegan las despedidas y los lloros, los gritos, los madrugones, los desayunos y el uniforme. Un día, dos, tres… y muchos padres pasan la vida angustiados con el colegio, prolongando el duelo incluso hasta la mayoría de edad de la criatura.
Pero sin quererlo, ni saberlo, ni sospecharlo, el verdadero sobresalto llega con las celebraciones infantiles. Navidad, carnaval, todos los Santos, día del árbol, del pez globo, de la paz en el mundo, y si nos descuidamos, hasta del anuncio de la ONCE. Cualquier excusa es buena para montar una fiesta, porque lo de estudiar está sobrevalorado y si acaso, mejor lo dejamos para otro día.
Pasan los días y de repente llegamos al cumpleaños. Lo que prometía feliz, ya no lo es tanto. La modernidad ha convertido este hermoso recuerdo en un Vía Crucis anual. Uno deja al niño en el autobús y, sin saber cómo, vuelve con una lista de invitados más larga que la Ruta 66. Lo que en tiempos era una tarta, dos sándwiches y una Coca-Cola, hoy se ha transformado en una romería de espacios acolchados, con animadores disfrazados y regalos como para abastecer un mercadillo.
La broma no baja de cuatrocientos euros. Más de veinte niños gritando y corriendo sin sentido ni propósito, en un local que además de tu grupo acoge a otros doce. En total hablamos de un cuarto de kilo de criaturas desatadas. Los fines de semana el precio se multiplica, por lo que se convierte en territorio exclusivo para fondos IBEX. Es el Beverly Hills de las colchonetas. Sin embargo, como el mío no va a ser menos, nos conformamos con la tarifa plana y que los calcetines de saltar no superen el euro por unidad.
Llega el día señalado. Es el preferido de los niños y, sobre todo, de sus madres. Ellas quieren que la jornada quede grabada en las pequeñas cabecitas de sus hijos para siempre jamás. Madrugan y preparan bolsas con los imprescindibles Lolipop y gusanitos. Bolsa para el autobús, otra para clase, una para extraescolares y otro tanto para amigos externos. Con este despliegue podrían alimentar una colonia entera de pingüinos del Ártico.
Por la tarde, recepción en el local. Los padres invitados preguntan la duración, sueltan los niños y huyen como de la peste. Los padres del agraciado se quedan al frente del motín, con carreras, llantos, empujones, sudores, agua, pis y los inevitables golpes. Cremita que ya no duele y vuelta al ruedo.
A las dos horas todo se detiene. Es la hora de merendar, aunque a los niños esto no les interesa. Entonan esa canción que, por pobre y descuidada, debería figurar en la lista de patrimonio inmaterial de lo espantoso: Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, te deseamos todos cumpleaños feliz. Luego llega el momento cumbre. La madre pide preparar la cámara para inmortalizar a la criatura sentada en una silla digna de los “Gypsy Kings”. Y mientras, un camión de regalos surge de la nada y la tarta maltrecha agoniza sobre la mesa.
Fotos, cantos y alegrías ¡Muchas felicidades! ¡A que mi niña es la más guapa!, proclama la mamá. Mientras tanto el resto se muerde las uñas deseando volver a la zona de saltos.
A las ocho en punto de la tarde regresan los padres fugitivos. Recogen a sus criaturas sudorosas y felices, que marchan tan campantes. Y allí quedan los resignados padres del homenajeado haciendo números y soltando cuatrocientos lereles para seguir manteniendo el capricho de alguien que, en algún momento, decidió contagiar a todos los niños del mundo con la peligrosa y cara ilusión de cumplir años.