#Ai mucho que contar

Cuando la IA dejó de llamar a la puerta

2025 no ha sido el año de una gran novedad, ha sido el año de la normalización, y eso, aunque suene menos épico que un gran descubrimiento, es bastante más serio de lo que parece, porque cuando algo se normaliza deja de sorprender, deja de cuestionarse y empieza a formar parte de la estructura, como el wifi, que no lo ves, no lo valoras, pero cuando falla te das cuenta de hasta qué punto dependías de él. La inteligencia artificial dejó de ser algo con que “jugabas” para convertirse en algo que simplemente “estaba”, en el móvil, en el trabajo, en el correo, en el buscador, en las decisiones pequeñas y en las grandes, en esas que tomas casi sin darte cuenta y que, curiosamente, son las que más condicionan el día a día. Durante 2025 los modelos mejoraron, claro que mejoraron, pero el verdadero salto no fue cuánto sabían, sino cuánto hacían, porque dejaron de limitarse a responder para empezar a ejecutar, a escribir, a diseñar, a programar, a planificar, a decidir pequeños “síes” y pequeños “noes” que, sumados, pesan más de lo que nos gusta admitir.

No es casualidad que, según el AI Index Report 2025 de Stanford (Instituto de Inteligencia Artificial Centrada en el Ser Humano), ya en 2024 el 78% de las organizaciones a nivel global utilizaban inteligencia artificial en al menos una función del negocio, una cifra que explica muy bien por qué en 2025 la conversación dejó de ser “si la usamos” para convertirse en “qué hacemos sin ella”, porque no hablamos de experimentos, hablamos de sistemas en producción, de procesos reales, de cosas que cuando se paran generan llamadas incómodas.

En lo económico, 2025 fue el año del músculo, y no precisamente del que sale bien en las fotos. La inversión corporativa en IA ya había alcanzado en 2024 los 252.000 millones de dólares a nivel global, con Estados Unidos liderando claramente, y durante 2025 esa tendencia se consolidó, empujada por una idea muy simple: esto no va de apps bonitas, va de infraestructura. Las empresas dejaron de “experimentar” y empezaron a integrar, atención al cliente, marketing, análisis, programación, operaciones internas…, la IA se metió en el flujo de trabajo y, cuando algo entra ahí, deja de cuestionarse. Ya no es “¿la usamos?”, es ¿qué pasa si no la usamos? (y esa pregunta pesa).

¿Productividad? Sí, claro, hay evidencias de mejoras claras en tareas concretas, pero conviene decirlo sin vender humo: la IA acelera tareas, no arregla desorden, y si tu casa está patas arriba, el robot aspirador no te salva…, solo se choca más rápido y con más seguridad en sí mismo. Y luego está el empleo, ese elefante silencioso que en 2025 no entró dando un portazo, pero sí empezó a moverse. No fue el año del apocalipsis laboral, fue el año del desplazamiento, de las tareas que desaparecen, de otras que ganan valor, de roles que se redefinen casi sin anuncio previo. La pregunta dejó de ser “¿la IA me quitará el trabajo?” y pasó a ser algo bastante más incómodo: “¿sé trabajar con IA mejor que el compañero de al lado?”, porque ahí es donde empieza la verdadera diferencia.

En geopolítica, 2025 fue el año en que la IA dejó de ser solo tecnología para convertirse en tablero. Estados Unidos protegiendo músculo con controles sobre chips y exportaciones, China acelerando su autonomía tecnológica y reforzando el control interno, incluido el etiquetado obligatorio del contenido generado por IA, y Europa desplegando su Ley de Inteligencia Artificial (LIA), marcando qué se puede hacer y qué no. Tres enfoques distintos para el mismo problema, competir, controlar, condicionar, y en medio el resto del mundo intentando no quedarse fuera de una carrera que cada vez es más cara, más rápida y bastante menos neutral de lo que nos gusta pensar.

Pero si hay algo que, personalmente, me dejó 2025 grabado no fue la tecnología, fue la sensación de fondo, la erosión de la confianza. Porque cuando una voz puede no ser una voz, cuando un vídeo puede no ser un vídeo, cuando un texto puede sonar perfecto sin haber pasado por nadie…, algo se mueve por dentro. No porque no sepamos que puede ser falso, sino porque cada vez cuesta más saber en qué apoyarse, y la duda constante cansa, y una sociedad cansada decide peor.

Y llegamos a 2026, no con una bola de cristal, sino con pistas bastante claras. No va a ser el año de una gran revolución visible, va a ser el año de las decisiones incómodas. La IA va a dejar de ser una herramienta para convertirse en intermediaria, entre tú y tu trabajo, entre tú y la información, entre tú y tus decisiones. Veremos despegar de verdad los agentes de IA, sistemas que no solo sugieren, sino que actúan, y cuando algo actúa por ti, la pregunta ya no es si es útil, la pregunta es quién responde cuando se equivoca…, (y aquí suele empezar el silencio incómodo). También será el año en que muchas organizaciones descubran que adoptar IA no es lo mismo que entenderla, y que la regulación, la energía y la sostenibilidad dejarán de ser conceptos abstractos para convertirse en fricciones muy reales.

Quizá lo más importante, en 2026 se hará evidente una brecha nueva, más sutil que la digital. No entre quienes usan IA y quienes no, sino entre quienes saben pensar con ella y quienes solo la consumen. Porque la diferencia ya no estará en el acceso, estará en saber cuándo desconfiar. Así que sí, 2025 ya pasó, pero no fue “un año más”, fue el año en que la IA dejó de llamar a la puerta y se sentó en casa, (en el sofá, para ser exactos). Ahora la pregunta es si vamos a conversar con ella…, o si le vamos a dejar el mando.