Cuando fuimos peces y ellos tiburones: 1898 sin fanfarrones
El día que el Maine explotó… y la verdad también.
En estos días en que el presidente de los EE. UU. vuelve a presumir del “triunfo” norteamericano de 1898 —ese en el que se quedaron con Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam como quien recoge conchas en la orilla— quizá convenga recordarle que la historia, cuando se mira de cerca, suele tener más escamas que brillo.
Para empezar, la declaración de guerra llegó cuando el ejército español estaba exhausto tras una larga y penosa campaña contra la insurrección cubana. La prensa amarilla estadounidense, siempre dispuesta a fabricar héroes y villanos, contribuyó a descabezar al ejército español demonizando a Valeriano Weyler y acusándolo de un genocidio jamás demostrado. Para completar el cuadro, se difundieron fotografías de esqueletos de soldados españoles exhumados del cementerio de Colón y arrojados a fosas comunes tras la marcha de España, presentándolos como víctimas cubanas de la represión. Periodismo de altura, sin duda.
También conviene refrescar la memoria sobre el famoso casus belli: la explosión del acorazado USS Maine, que apareció en la bahía de La Habana sin invitación previa, como quien se planta en casa ajena diciendo que pasaba por allí. Las investigaciones serias posteriores demostraron que la explosión fue interna, causada por la autocombustión del carbón, la falta de limpieza y un diseño naval tan desacertado que colocaba los pañoles de pólvora pegados a las carboneras. De nada sirvió que los hospitales militares españoles atendieran con rapidez y esmero a los más de doscientos marineros supervivientes. La narrativa ya estaba escrita.
Antes incluso del ultimátum a España para renunciar a Cuba, los EE. UU. ya habían enviado una potente escuadra para bloquear Filipinas. Estrategia preventiva, lo llaman ahora. Y el desembarco del Cuerpo Expedicionario en Daiquirí y Siboney fue posible gracias a la inteligencia y ayuda de la insurrección cubana, a la que luego se relegó con la elegancia habitual.
En los combates terrestres —El Caney y las Lomas de San Juan—, en condiciones desiguales de uno contra once, el ejército estadounidense no logró entrar en Santiago de Cuba ni capturar la escuadra española, bloqueada en la bahía. Cuando llegó la orden de salir, los barcos españoles tuvieron que hacerlo uno por uno, enfrentándose cada navío a toda la flota enemiga. Heroísmo y tragedia en proporciones generosas.
Conviene recordar que valor al soldado español no le faltó; lo que sí sobraron fueron algunos jefes pusilánimes. Y que la prometida liberación de Cuba terminó en una república tutelada, con Guantánamo como recordatorio permanente. A veces, la historia huele más a carbón que a gloria.