Cuándo el cerebro se pone arenero
Hay días en los que mi cerebro funciona como un reloj suizo. Otros, como un reloj de arena. Y otros —los más creativos— como un reloj de arena que alguien ha agitado, ha puesto del revés y luego ha dejado encima de la lavadora en centrifugado. Cosas del Parkinson, que convierte la vida en una coreografía improvisada, a veces torpe, a veces cómica, siempre sorprendente.
El viernes pasado, sin ir más lejos, salí rumbo al Hospital Miguel Servet para hacerme unos análisis de sangre. Lloviznaba, así que dejé la silla eléctrica aparcada: no fuera a ser que, con la humedad, me diera una garrampa que me dejara patitieso y con luz propia. Fui con el andador, prudente y digno, avanzando como quien desfila en procesión, hasta que mis piernas —muy dadas al teatro clásico— decidieron quedarse sin respuesta. Como si hubieran recibido un comunicado interno diciendo: “Hoy no trabajamos”. Vamos, que parecía que la garrampa que quería evitar en la silla me había alcanzado igualmente… pero por vía sindical.
Y allí me quedé yo, a medio metro del tranvía, viendo cómo me cerraba las puertas en las narices con la solemnidad de un portero de discoteca. Por suerte apareció una señora —una de esas samaritanas que la ciudad coloca estratégicamente— que me acompañó al siguiente tranvía y luego me ayudó a bajar. Hay personas que son un milagro con paraguas.
Llegué al Servet un poco mojado, pero entero. En el hall me encontré una fila larguísima, de esas que parecen empezar en Zaragoza y terminar en Teruel. Me dieron el número 702, y pensé que aquello iba para largo. Pero no: la fila avanzó con sorprendente rapidez, como si alguien hubiera puesto el modo “avance rápido” en la vida.
Cuando por fin me tocó, me recibió Laura, una ATS joven, aplicada y un poco novata. Me miró los brazos como quien examina un mapa antiguo: “Aquí… quizá… no, mejor aquí…”. Y empezó a buscar la vena adecuada como si fuera un tesoro enterrado. La operación duró casi más que la espera de la fila. Pero al final encontró el manantial, y la sangre fluyó obediente, como si quisiera compensar el espectáculo previo.
Mientras recuperaba el brazo, recordé un estudio del Instituto Max Planck de Florida: dentro de nuestra cabeza hay un reloj de arena formado por la corteza motora y el cuerpo estriado. Si una parte se apaga, el tiempo se detiene; si la otra falla, el tiempo se reinicia.
Y pensé: “Pues claro. A mí ayer se me apagaron las dos cosas a la vez”.
Pero sigo aquí, girando mi reloj de arena personal. A veces se atasca, a veces se acelera, a veces se ríe de mí. Pero sigo. Y hoy quiero cerrar dando las gracias: a la señora desconocida que me ayudó a coger y dejar el tranvía, y a Laura, que me atendió con paciencia, cariño y una sonrisa que valió más que cualquier analítica.
Porque la vida no va de llegar a tiempo, sino de quienes te tienden la mano cuando no puedes. ¡Gracias!