Cuaderno tunecino: viajar un país, habitar un encuentro
Cuaderno tunecino. Cartografía de un viaje y un encuentro, de Basilio Rodríguez Cañada, no es un libro de viajes en el sentido convencional, ni un libro de poesía en estado puro, sino ambas cosas y mucho más. Podría decirse, más bien, que el libro representa una experiencia de inmersión: un país recorrido poéticamente y con los sentidos despiertos, además de un vínculo humano que crece a la par que el paisaje. Publicado en la Colección de Poesía Pigmalión, se trata de una obra avalada académicamente y concebida con un rigor literario que no sacrifica la emoción.
Desde sus primeras páginas, el libro declara su vocación: escribir un país no desde la postal ni desde la urgencia del turista, sino desde la atención, el pulso y la escucha. Túnez aparece como un territorio vivo, hecho de capas superpuestas —fenicias, romanas, árabes, mediterráneas— que no se exhiben como piezas de museo, sino que dialogan con el presente. Rodríguez Cañada camina y deja que el texto avance con él, como un poema largo, sin prisa, fiel a una tradición donde la palabra nace del paso, de la respiración y del asombro.
Uno de los grandes logros del libro es su extraordinaria capacidad descriptiva, que convierte al lector en caminante. En el “Paseo por la Medina de Túnez”, la luz, los olores y los sonidos construyen una escena casi tangible:
El sol no entra del todo:
se fragmenta en mil espejos de latón,
en las lámparas que cuelgan, expectantes,
como planetas dorados en las tiendas de los metales.
Aquí, la ciudad no se observa: se atraviesa. Y esa sensación se repite a lo largo de todo el itinerario. Basta con esas metáforas y símiles, extraordinarios y a la vez sutiles, que utiliza Rodríguez Cañada, para que la imagen se vuelva inolvidable:
Bajamos por un callejón
donde una buganvilla oscura
derrama pétalos que parecen gotas de vino.
El paisaje tunecino —la Medina, Sidi Bou Said, los oasis, el desierto, la costa— se despliega con una delicadeza que no satura, que sugiere. En Cartago, por ejemplo, la historia antigua se vuelve respiración compartida:
Cartago respira bajo Roma,
y Roma respira sobre Cartago,
como dos bestias enormes
que nunca terminaron de soltarse.
Cuaderno tunecino va más allá del paisaje, de las ruinas, de los mitos y las leyendas. El viaje se extiende a una experiencia total de los sentidos. El libro describe la gastronomía cotidiana —el pan, las especias, el té de menta servido en vasos que humean lentamente—; los olores densos y cambiantes de las calles; los gatos callejeros que duermen en los escalones como guardianes antiguos; los niños que corren entre los adoquines y dejan su risa suspendida en el aire. El herrero que martillea, la sonrisa tímida de la vendedora de coral rojo. El desierto, la Medina, los dromedarios, las puertas de colores, el ritmo de las olas muestran la personalidad y el encanto del país en un despliegue profundo. La música aparece sin artificio: el laúd, la darbuka, las voces que surgen en una esquina o en un café, integradas a la vida diaria.
Todo ello construye una percepción plena del país. Leemos y, sin darnos cuenta, aprendemos historia y geografía, no como datos, sino como experiencia vivida. El conocimiento se filtra de manera natural, envuelto en una atmósfera amorosa y delicada que nos lleva de la mano, emocionándonos sin imponerse, sin subrayados innecesarios.
Porque este no es solo un libro sobre Túnez. Es también el relato sutil de una relación que nace y se fortalece mientras se recorren ciudades, costas y desiertos. Dos almas se encuentran sin estridencias, y el amor crece al mismo ritmo que el paisaje. El descubrimiento del otro avanza en paralelo al descubrimiento del lugar, borrando límites, desdibujando fronteras entre lo exterior y lo íntimo, entre el viaje físico y el viaje interior.
La emoción de la belleza geográfica corre así paralela a la emoción del vínculo. El lector asiste a una doble travesía: la del territorio y la del sentimiento. Por eso Cuaderno tunecino propone una forma exquisita de visitar Túnez: no como espectador, sino como huésped; no como turista, sino como alguien dispuesto a dejarse transformar.
En ese cruce de poesía, recorrido geográfico y afecto, el libro se mueve precisamente en ese espacio que tanto nos interpela hoy: el de las fronteras desdibujadas. Entre géneros, entre culturas, entre disciplinas, entre cuerpos y memorias. Cuaderno tunecino no pretende explicar un país: invita a habitarlo. Y en ese gesto —íntimo y generoso— nos recuerda que todo viaje verdadero, como todo encuentro verdadero, deja huella.