La Cruz de la Victoria en el cielo y España en nuestra conciencia
La fe sostiene lo que el mundo combate. —Anónimo
Hay quienes contemplan la Cruz de la Victoria como una simple reliquia arqueológica o como un adorno para turistas, gente que no advierte que para los nacidos bajo su signo es algo más que una forma de vida. En Covadonga y en Gijón se yergue la figura de Pelayo, que sujeta la Cruz —nuestra Cruz— y la alza sobre su cabeza, hasta el cielo. Su altura no es casual. Está en lo más alto porque sirve para recordarnos que hubo un tiempo en que España no fue un proyecto de un pueblo avergonzado de sí mismo, sino una voluntad firme de continuidad. Hoy, sin embargo, muchos parecen entregados a la gimnasia del desencuentro y parece que la discordia vive en ellos como una enfermedad del mismísimo espíritu.
Pelayo, primer rey de Asturias, inició la larga marcha de reconstrucción de una tierra que convirtió en reino y que hoy se invoca repetidamente en discursos de ocasión. Con más convicción que recursos, en Cangas de Onís levantó su reino, el primero de todos. De él heredamos no sólo su fuerza, sino también la fe de la Cruz que hoy brilla en nuestra bandera. Los incautos y osados deben saber que la Cruz de Asturias es un signo de unidad y que no se trata de un elemento de museo. Esa Cruz es imagen de nuestra cristiandad y ha sido también la que nos guio en los tiempos más oscuros, en momentos en donde la incertidumbre se resolvía con valor, coraje y honor.
Hoy, por el contrario, muchos prefieren la comodidad de la duda perpetua. El escepticismo moderno, absurdo cuanto menos, es el que confunde la profundidad con la desgana, tanto es así que a muchos les cuesta admitir que la identidad no es una simple cadena, sino el punto de partida que nos sirve para orientarnos. Así hemos llegado a esta España que a veces parece un hogar donde cada cual discute en una habitación distinta, separada, y convencidos de que todos los vecinos son sus enemigos. Precisamente por eso necesitamos un símbolo que sea común a todos, uno que nos recuerde que compartimos algo más que disputas pasajeras. Ese símbolo, para nosotros, españoles, y asturianos, gallegos, extremeños, castellanos, catalanes, andaluces, canarios o vascos, para todos sin excepción es la Cruz, la cruz de Cristo, es la que nos representa, esa vieja Cruz Patriarcal, la Cruz de Asturias, de Pelayo o Cántabra, dorada, engastada en piedras y con su eco aún tan vivo que resuena cada día desde lo más profundo de las montañas de Covadonga.
Es posible que algunos no quieran entenderlo, quizá les irrite pensarlo, pero es evidente que la mayoría seguimos respirando bajo el antiguo emblema. La Cruz de la Victoria no exige una veneración ciega porque ella es en realidad nuestra memoria. Su fuerza reside en la esencia de una historia que cada minuto nos recuerda que somos mucho más grandes que nuestras querellas y más antiguos que nuestros caprichos. Sirve con alzar la mirada para recordarnos quienes somos…, aquella Asturias que es España, frente a lo demás que fue tierra conquistada.