Conspiración
Las hordas sanchistas se aferran a la teoría de la conspiración, es la nueva oriflama que pende en la sede de Ferraz. A su entender, la conjura de las fuerzas derechistas (oposición política, jueces, periodistas y cualquier hijo de vecino que no comulgue con el “puto amo”), se pone en marcha para hundir al otrora “Gobierno bonito”, hoy convertido en una lacra social que apesta a corrupción.
Un complot dicen, que intentan integrar en su electorado como si de un microchip se tratara. Lo notable del caso es que lo consiguen. Su suelo electoral es firme, a pesar de las sucesivas e interminables infamias que salen a la luz un día tras otro. El presidente Sánchez desearía tomar la forma del agua, adaptarse a cualquier envase, a todo criterio, a las mentes menos maleables al juego político de la manipulación que tan bien ejerce. Sin embargo, la forma que muestra sin rubor es la del cemento armado.
Ha habido grandes conspiraciones en la historia. Una de las más señaladas es la que niega el hecho de que el hombre pusiera pie en la luna. Los hay que sostienen que los alunizajes del Apolo jamás ocurrieron, que se trató de una falsificación de la NASA en su anhelo por llegar primeros en la carrera espacial durante el periodo de la Guerra Fría.
El sanchismo es más de guerra caliente: caldea el ambiente, lo distorsiona, propaga bulos, arenga a las masas, suplanta a la oposición en un torticero ejercicio de funambulismo democrático… en definitiva, siembra tempestades con objeto de equilibrar desmanes y equiparar desencantos en el votante final.
A Sánchez se le acaban los astronautas que pisan la luna menguante en que se ha convertido su partido. Con Zapatero ha caído un meteorito en la sede de Ferraz, un fragmento enorme de podredumbre moral que erosiona la ya frágil consistencia de sus siglas políticas. La nave socialista orbita sin rumbo, sin presupuestos, se dirige a la velocidad de la luz hacia el lado oscuro (vaya paradoja). Toda la tripulación es corruptible. El núcleo duro de su gobierno ya está corrompido. Huelga decir que él, “el número uno”, el más impúdico de los presidentes que ha dado la democracia española (que ya es decir, si juzgamos a su antecesor Zapatero) está podrido de pies a cabeza, pero nos quiere hacer creer que todas las actividades amorales y delictivas de su gobierno, no pasan de ser una conspiración de aquellos que desean su final político.
Los corifeos progres, los socios de gobierno y demás propagandistas de la chifladura que es a día de hoy el sanchismo, deben pensar que los españoles estamos todos a la luna de Valencia, o, lo que es igual, que nos chupamos el dedo. No, muy al contrario, tenemos el dedo índice apuntando al hacedor de tanta escoria populista, al artífice del derribo ético de las instituciones públicas del Estado.
No cuela la teoría de la conspiración, salvo para los izquierdistas más cafeteros o una encuesta del CIS de Tezanos. No existe ninguna maquinación orquestada con el fin de acabar con el sanchismo. Es el propio sanchismo quien maquina su óbito a fuerza de corruptelas de todo jaez. Las tramas conspiratorias solo parten de un lugar, la cabeza del “puto amo”, del “número uno”, del “narciso” que ahora empuña la mano culpable del eslogan socialista.
En su reciente encuentro con el Papa, Sánchez omitiría hablarle al pontífice de su particular viacrucis. Eso va en contra de su naturaleza, reconocerse frágil. Nada más lejos de la realidad, solo hay que verle, hecho un brazo de mar. Quizá su rostro, antaño hermoso y hoy chafado, delaten su alma en los espejos. Ocho años que parecieran ochenta. Y persiste en su meta: continuar. Seguir manipulando la verdad, convertirla en una porción de loza que manejar a su antojo, hasta transformar la nación en un botijo inútil, sin boca ni pitorro. No confabulen, por favor, el sanchismo lo sabe.