Colombia: cuando el conflicto sustituye la construcción
La reciente controversia entre el gobierno del presidente Gustavo Petro y el Banco de la República, a propósito del manejo de las tasas de interés, podría interpretarse como una diferencia técnica. Pero en realidad expone algo más profundo: una forma de ejercer el poder en la que la tensión deja de ser circunstancial para convertirse en constante.
Hay escenas simples que explican conflictos complejos. Como la vieja paradoja de dos asnos atados por una cuerda, incapaces de avanzar porque cada uno insiste en tirar hacia su propio lado. La imagen no sugiere movimiento, sino estancamiento. Y a veces, en lugar de resolver, Colombia parece enredar sus soluciones… como si las dejara atrapadas en un costal de anzuelos.
El derecho a cuestionar es parte esencial del ejercicio democrático. Ninguna institución debería estar exenta del escrutinio. Sin embargo, cuando el cuestionamiento se extiende a casi todos los frentes y se expresa como desconfianza sistemática, el efecto deja de ser correctivo para convertirse en acumulativo. Los episodios no son aislados: hacen parte de un mismo paisaje.
Los ejemplos son frecuentes y variados: las discusiones con el Consejo Nacional Electoral por la financiación de la campaña; las tensiones con la Fiscalía General de la Nación; los reparos a decisiones judiciales; las controversias en torno al sistema de salud; los altibajos de la política de “Paz Total”; las diferencias sobre el Metro de Bogotá; e incluso los llamados a la movilización desde el propio poder. Todo ello dibuja una secuencia que merece ser leída en conjunto.
No se trata de desconocer los déficits históricos del Estado colombiano ni de negar la necesidad de reformas. Están ahí, y no son recientes. El tiempo —y las limitaciones del propio Estado— las ha ido acumulando. Se trata, más bien de advertir un riesgo menos visible, pero más profundo: cuando todo entra en disputa al mismo tiempo, la capacidad de articulación se reduce.
La experiencia internacional ofrece señales de alerta que no conviene ignorar. En países donde la autonomía de los bancos centrales ha sido debilitada por decisiones políticas, los efectos han sido contundentes: pérdida de credibilidad, devaluación de la moneda y crisis inflacionarias. Casos como Turquía muestran hasta qué punto la presión del Ejecutivo sobre la política monetaria puede desestabilizar una economía.
Situaciones similares, con matices distintos, se han visto en economías como Argentina o Venezuela, donde la falta de autonomía del banco central ha erosionado el valor de la moneda y la confianza de los ciudadanos, con efectos persistentes en inflación y pobreza.
En Colombia, el país se debate entre dos certezas opuestas. Para unos, el gobierno encarna un proyecto transformador bloqueado por inercias históricas. Para otros, representa una conducción que tensiona sin consolidar. Entre esas dos orillas, el espacio para una conversación razonada se vuelve cada vez más estrecho.
La política, por definición, implica conflicto. Pero no puede sostenerse únicamente en él. Requiere acuerdos mínimos, reconocimiento mutuo y la existencia de interlocutores válidos incluso en la diferencia. La democracia, sin conversación, pierde espesor.
Cuando el poder entra en tensión con casi todo lo que lo rodea, el riesgo no es solo el desgaste institucional. Es algo más delicado: la erosión de la confianza, ese activo invisible que sostiene cualquier intento de transformación. Porque gobernar no es solo ejecutar. Es, sobre todo, lograr que lo público funcione después de la confrontación.
Si cada decisión se convierte en un pulso, si cada institución es puesta bajo sospecha, si cada diferencia escala a confrontación, el país no avanza: se inmoviliza. No por falta de ideas. Sino porque el conflicto, cuando se vuelve permanente, termina sustituyendo la posibilidad misma de construir.
Comentarios y opiniones a jorsanvar@yahoo.com de la Red Internacional de Periodistas RIP.