La cólera que nos funda
La Ilíada empieza con una frase que podría soltar cualquiera en la barra de un bar de Embajadores después de una mañana regular: “Canta, oh Musa, la cólera funesta de Aquiles”. Vamos, que Homero abre su gran poema con un cabreo. Ni héroes, ni gloria, ni gaitas. Un enfado de esos que te dejan temblando el párpado y pidiendo otra caña para ver si se te pasa.
Porque Homero, si viviera hoy, estaría escribiendo columnas en un periódico madrileño y rajando de los poderosos con la misma soltura.
En el Canto I, Agamenón humilla a un sacerdote, Apolo se mosquea y lanza una peste, y Aquiles —el guapo, el rápido, el que siempre cae bien hasta que abre la boca— monta un drama cuando le quitan a Briseida. La escena es antigua, pero la actitud es de hoy: un jefe que confunde autoridad con chulería, un subordinado que confunde dignidad con orgullo, y un ejército entero pagando los calentones de dos que no saben respirar hondo antes de soltar la primera barbaridad.
La peste que cae sobre los griegos no es solo divina: es la típica consecuencia de cuando los que mandan no escuchan ni al tato. Homero ahí se pone casi cronista de barrio: describe cómo una comunidad entera puede enfermar por la soberbia de sus líderes. Vamos, que no hace falta irse a Troya; basta con poner las noticias mientras haces la cena y ver cómo se repite la historia.
Mi momento favorito es cuando Aquiles, a punto de abrirle la cabeza a Agamenón, es frenado por Atenea. Nadie más la ve. Es como esa vocecita que te dice “no mandes ese audio de dos minutos, que mañana te arrepientes”. El córtex diciéndole al reptil: “Quieto, figura, que la vas a liar”.
Quizá ahí seguimos siendo peces: reaccionamos antes de pensar. Pero también somos lo contrario: la mano que vuelve a guardar la espada, la ironía que desactiva la tragedia, ese “anda, tronco, déjalo ya” tan madrileño que ha salvado más amistades que cualquier tratado de paz.
La Ilíada no va de guerra: va de lo difícil que es gobernar la propia furia. Y de lo carísimo que sale no hacerlo.
En estos tiempos en que una discusión en redes puede incendiar un país, volver a Homero es casi terapia. Nos recuerda que la cólera puede fundar un poema, sí, pero también puede arrasar un mundo.
Y que, si no aprendemos a frenarnos a tiempo, seguiremos siendo peces: rápidos, brillantes, impulsivos… y peligrosamente dispuestos a morder antes de pensar. ¡Vamos! Que en un “quítame de ahí esas pajas” pasamos de peces ángel, más buenos que el pan, a tiburones con hambre atrasada.