Cenizas
La Iglesia Católica comienza este 18 de febrero un nuevo camino hacia la Pascua. La ceniza es el símbolo de la penitencia; lo es para muchas religiones. De hecho, el pueblo judío o los ninivitas se echaban cenizas sobre la cabeza como signo de sacrificio.
Las cenizas tienen un origen profundo y representan el reconocimiento de la pequeñez que cada uno de nosotros es. La Biblia lo expresa en el libro del Génesis (3,19): “Recuerda que eres polvo y al polvo volverás”. Todo un baño de humildad, un reconocimiento de la finitud.
Cuando uno se reconoce como alguien que tiene una existencia finita, comienza a comprender que, más allá de todos los esfuerzos por tener, de las ambiciones de poder y de todas las grandezas y vanaglorias que se puedan obtener, es necesario meditar cuál es la huella que este pequeño trozo de carbono dejará sobre la Tierra.
Con suerte, nos recordarán algunas generaciones de nuestra familia; más, habitualmente, será difícil permanecer en la memoria de muchos por largo tiempo.
Esas cenizas pueden quedar como un símbolo más o menos habitual para muchos, pero también son un profundo encuentro con uno mismo: un encuentro con el desierto, con nuestras debilidades y también con nuestras fortalezas. El ayuno, que muchas veces se critica, es aprender a dominar el hambre, no solo el hambre física, sino también el de las debilidades que nos atraviesan.
No pretendo hacer una prédica; no soy teólogo, aunque sí he leído a muchos que encuentran en estos cuarenta días el crecimiento maduro de la fe y el reconocimiento de la propia pequeñez. Es, en palabras de Santo Tomás de Aquino, una “pedagogía espiritual”: una oportunidad de regresar al corazón, unir el cuerpo y el alma y sanar las heridas.
Clave en este tiempo es el amor como eje central. Ese amor se expresa en actos concretos.
Mientras el mundo se distrae con robots que hacen kung fu y amenazan a la humanidad, mientras el mundo se olvida de los niños que mueren en Gaza, en Nigeria, en el República Democrática del Congo o en Haití, el amor nos hace despertar. Sabemos que poco podemos tú y yo frente a tantas injusticias cotidianas, pero eso no es óbice para pasar la página sin más.
Nosotros podemos ser el cambio. En esta lucha de cuerpo y alma, amar significa hacer ayuno de una mala cara, restringir el mal carácter, facilitar algo a alguna persona, callar un comentario negativo, ahogar el mal en abundancia de bien.
Sigo observando el mundo, como cantó Jimmy Fontana:
“He abierto los ojos para mirar a mi alrededor,
a mi alrededor giraba el mundo como siempre.
Gira, el mundo gira en el espacio sin fin,
con los amores recién nacidos,
con los amores ya acabados,
con el gozo y con el dolor
de la gente como yo”.
Sé que el mundo no se ha detenido nunca, ni lo hará. La diferencia será, entonces, que en este tiempo, más que nunca, debemos abrir los ojos y mirar a nuestro alrededor.