Las casualidades llegan sin anunciarse
La casualidad surge como un disfraz del destino. Bien parece un disimulo que oculta nombres diversos aparentando ser una contingencia, el albur, la fortuna o incluso una divina providencia. Sin embargo la casualidad siempre señala la misma grieta, que es aquella por donde se cuela todo lo inesperado. Recuerdo a mi hermano, siempre más atento a los números que yo, rellenando un boleto de la Lotería Primitiva con la secuencia más simple que podría imaginar: 1, 2, 3, 4, 5 y 6. En ese momento le pregunté si aspiraba realmente a ganar o si sólo contribuía al erario público. Su respuesta fue tan serena como siempre y no la he olvidado: las probabilidades son las mismas. Aquella lección, mezcla de matemática y filosofía, me enseñó que el azar no distingue entre lo razonable y lo absurdo.
Durante años pensé que la casualidad apenas resulta un recurso poético, más parece una forma amable con la que buscamos nombrar aquello que no entendemos. Con el tiempo advertí que en esa casualidad depositamos una esperanza secreta y casi infantil, como si el mundo guardase un resquicio de benevolencia para el hombre. Estimo que en lo divino no cabe el azar y en lo humano, tan frágil y tan expuesto, la casualidad interviene como recordatorio de que no todo está perdido. Escribía Virgilio que la fortuna ayuda a los audaces, y hasta es posible que por eso sigamos aguardando, aun sin confesarlo, ese instante de gracia que venga a redimirnos de la monotonía o el desencanto.
Quiero pensar que las mejores casualidades son las que iluminan la vida. Una llegada inesperada de alguien que parece que viene a mejorarnos, un reencuentro improbable, un gesto que abre un camino, casi todo cabe en esa heredad de casualidades. Cualquier decisión tomada sin cálculo y contra todo pronóstico puede abrir un camino fértil, por eso un hallazgo fortuito también viene a ordenar nuestras prioridades. Son pues, como destellos que interrumpen la inercia y nos devuelven, aunque sea por un instante, la sensación de que nada conspira en nuestra contra.
Y, sin embargo, ahora no sé si la casualidad es un guiño del destino o una simple formalidad del caos. Lo que sí reconozco es que cuando aparece nos recuerda que todavía es posible alcanzar la alegría sin premeditación ni estrategia —¡gentes del común!, habría dicho un ilustre docente— Y hasta es probable que las casualidades sirvan para seguir creyendo que no hay viento favorable para quien no sabe a qué puerto se dirige, contaba Séneca, porque es bien cierto que hasta al marino más desorientado puede sorprenderle una brisa inesperada.
Acaso en todo y en nada resida el misterio de la casualidad, en donde el azar, lejos de contradecir la razón, obliga a reconocer sus límites. Y en ese límite —justo en donde la lógica se detiene— es donde se abre un espacio en que el hombre, sin renunciar a su pensamiento, vuelve a entrever lo sagrado. Quizá la casualidad sea la forma que tiene el destino de recordarnos que todavía quedan claros en donde habita el milagro.