Carta abierta a los alumnos universitarios de España
Vais a ser sustituidos. Y no porque la inteligencia artificial haga mejor las cosas que vosotros, sino porque lo estáis pidiendo a gritos.
Y, sí. La culpa también es vuestra.
No vais a clase porque en ella decís encontrar sólo lo que ya está en el material dispuesto primorosamente para vosotros, pero cuando, en la mejor tradición escolástica, se quiere introducir las quodlibetales en forma, incluso, de debate, la queja es mayúscula porque deja de seguirse el manual de manera puntual. Pero es aún peor el caso de quien, participando en los debates, entiende sus sentimientos como equivalentes a argumentos. Y dado que los sentimientos no se pueden equivocar, todo lo que no sea una caricia en el lomo con un susurro y un bocata, acaba en el decanato de turno o en esa figura perversa del “defensor del estudiante”. Allí os miman en lugar de poneros en vuestro sitio. El cliente siempre tiene la razón.
Pero decía que también tenéis la culpa porque no sólo es vuestra. Hay más elementos involucrados en vuestra desaparición como generación.
Otro de ellos, la propia Universidad. Una institución presa de rankings, promociones por acreditaciones y certificaciones, que investiga al por mayor para hacer encajar lo que evacúa en publicaciones de un impacto trucado. Una institución secuestrada por funcionarios de los del “vuelva usted mañana”, que maneja la necesidad de prosperar en un entorno viciado como si aquellas acreditaciones fueran el pizzo de Don Fanucci: o pagas o no te protegeré de mí mismo. Y así se pasean por los pasillos tirando naranjas al aire.
Ninguno de ellos quiere líos contigo cuando lloras por una cosa o la contraria. No quieren líos porque tú, el cliente, les evalúas y de ello depende algunos puntos para la acreditación. Ellos también están secuestrados. Por el sistema que te da poder cuando no sabes, todavía, ni dónde tienes la mano izquierda.
Y el sistema en general también es responsable. La llamada “política”. Aquella que te ha hecho creer que tienes razón por sentir y que eso se llama derecho. Aquella que llama a la educación financiar auténticas paridas sin base racional, mientras reniega de la propia razón. La que hace posible decir A y -A en la misma frase con idéntico valor argumentativo de fondo. La que pretende abolir la prostitución y lo celebra en un lupanar.
Así quieres salir al mundo. Estresado por pensar y por no hacerlo. Con tus sentimientos por bandera y que, además, te han enseñado a usar como arma institucional. Con la razón a medias y con la materia aprendida de manera acrítica, estandarizada, carente de cualquier rastro de universalidad. Es decir, como aprende una inteligencia artificial. ¿Y quieres ganar a la IA en su terreno? Olvídate.
¿Sabes qué ocurre? Que te digo estas cosas porque a mí las acreditaciones me importan una higa. Tus evaluaciones vengativas, tres. Y tus lloros en la instancia que sea, dieciocho. Yo no vivo de esto. Lo que sí me importa es que no seas sustituido. Que seas el hombre o la mujer mejor que puedas ser en la parte que a mí me corresponde: en ayudarte a que seas alguien que aspira a lo universal, al menos en nuestra materia, y por tanto siempre mejor que una IA. Siempre insustituible porque podrás ser responsable.
Responsable, de responder. De hacerte cargo de las cosas y eso sólo se puede conseguir a través de la razón. Y para ejercitar eso has de entender que no eres un cliente y no dejes que te traten como tal. Siéntete incómodo, encuentra la iniquidad en lo que lo es, no en lo que no te gusta escuchar. Pelea contra el que te está timando dándote la razón en tus lloriqueos y no contra quien no te la da cuando sientes que la tienes y encima no te pone un sobresaliente. No busques una palmadita y un pin, porque con ello te están convirtiendo en una ameba. Y a las amebas se las pisa porque ni se las ve.