El cardumen de Erasmo
Hay frases que envejecen mejor que los reyes que intentaron silenciarlas. Una de ellas es el adagio que Erasmo de Rotterdam rescató como quien encuentra un hueso luminoso en el barro: Dulce bellum inexpertis. La guerra es dulce para quienes no la han probado. Para quienes la imaginan desde la distancia, como quien contempla un tiburón desde el acuario y cree que sonríe.
Erasmo, que tenía más mundo que muchos generales juntos, sabía que la guerra no es un asunto de héroes sino de contables: suma cadáveres, resta ciudades, multiplica viudas. Y aun así, cada cierto tiempo reaparecen los entusiastas del estruendo, esos que hablan de “golpes decisivos” con la misma alegría con la que otros piden un café. Gente que jamás ha tenido que recoger un cuerpo, pero que opina con soltura sobre la belleza del sacrificio ajeno.
En Querela pacis, la Paz —cansada, despeinada, con ojeras de siglos— se queja de que nadie la toma en serio. Solo la buscan cuando ya han quemado la casa y necesitan un lugar donde dormir. Y aquí es donde la ironía histórica se vuelve casi cómica: mientras Erasmo suplicaba que la paz se preparara con educación, diálogo y cordura, otros repetían el viejo lema de si vis pacem, para bellum. Como si la paz fuera una planta delicada que solo florece si la riegas con pólvora. Erasmo, que tenía más sentido común que todos los estrategas de su siglo juntos, habría respondido que esa lógica es tan absurda como decir que, para evitar incendios, conviene almacenar gasolina en el salón. Pero la frase sobrevivió, claro: es más fácil preparar la guerra que preparar la paz, porque la guerra exige músculo y la paz exige inteligencia. Y ya sabemos qué escasea más.
Lo fascinante es que Erasmo no proponía una paz angelical, sino una paz trabajosa, casi artesanal. Una paz que empieza en la lengua: en no llamar “inevitable” a lo que simplemente no queremos evitar; en no convertir al otro en enemigo solo porque nos contradice; en no confundir la épica con la testosterona. La paz como oficio, no como milagro.
Quizá por eso su pensamiento sigue pinchando donde duele. Porque nos recuerda que la guerra siempre tiene buena prensa entre quienes no la van a sufrir. Y que la paz exige un tipo de valentía menos vistosa: la de renunciar al rugido para escuchar el chapoteo del agua, ese rumor antiguo que nos recuerda que, antes de ser bípedos beligerantes, fuimos peces que aprendieron a sobrevivir sin declararse la guerra.
Y desde esta columna —este pequeño arrecife donde aún creemos que pensar sirve para algo— no aspiramos a más que a eso: a recordar la fragilidad de un pececillo solitario, sí, pero también la potencia de un cardumen cuando nada unido. Un pez aislado es apenas un destello vulnerable; un cardumen, en cambio, es una coreografía invencible que desorienta al depredador y abre espacio para la vida. Quizá la paz funcione igual: no como un gesto heroico de uno, sino como un movimiento coordinado de muchos. Tal vez —solo tal vez— la fuerza que necesitamos no sea la del rugido, sino la del agua que avanza junta, silenciosa, obstinada, capaz de cambiar la forma de las rocas sin romperse nunca.