El Cardume de Manolo Luna
Esta semana se nos ha ido Manuel Luna Navarro, y me duele pensar que no podrá leer este capítulo, él que siempre esperaba el siguiente como quien espera una ola buena. En su funeral intenté decir unas palabras, pero entre el señor Parkinson —que me desordena la lengua— y la emoción, no sé muy bien qué dije. Por eso escribo ahora: porque a Manolo le debo una despedida que esté a la altura de su manera de estar en el mundo.
Manolo era vital, honesto, directo y atolondrado, una combinación que solo funciona en quienes tienen una bondad tan grande que no cabe en el cuerpo. Representaba como pocos la nobleza baturra, la de verdad: la que se entrega sin ruido, la que está cuando hace falta. Y si algo lo definía era el amor inmenso por sus hijos, especialmente por Luis Manuel, cuya parálisis cerebral lo atravesó para siempre y multiplicó su ternura.
Sus anécdotas darían para un manual de física aplicada al porrazo: saltos imposibles buscando setas, vuelos rasantes con la silla eléctrica, aterrizajes de emergencia en aceras rebeldes. Pero todas cuentan lo mismo: Manolo vivía lanzándose a la vida sin pensárselo dos veces, y nos arrastraba con él.
Hoy no solo lo despedimos: lo agradecemos. Su franqueza sin filtros, su compromiso social, su alegría contagiosa y esa forma suya de quitar solemnidad incluso a lo solemne.
Y aquí viene lo que quiero proponer: el Cardume de Manolo. Un cardume formado por personas como él: humildes, alegres, tercas en lo bueno, capaces de trabajar por la paz del mundo desde lo cotidiano. Un cardume que empiece por lo pequeño —apoyar el comercio del barrio, usar la bici o andar, cuidar a la gente y al entorno— y que se vaya extendiendo mansa y silenciosamente, como una lámina de agua que avanza sin imponerse, pero que lima aristas y transforma.
Porque Manolo era eso: agua que cuida, agua que avanza, agua que cambia montañas sin hacer ruido. Y si algo necesitamos hoy es precisamente eso: movimientos que no griten, pero que unan; que no golpeen, pero que desgasten la dureza del mundo; que no busquen protagonismo, pero que hagan bien.
Lo despido como a él le gustaría: con cariño, con verdad y con alguna carcajada que se escape sin pedir permiso. Porque con él la risa nunca fue una falta de respeto, sino una forma de estar vivos.
Manuele, frater, sit tibi terra levis.